—Acumulación y simbiosis, más que transición y sustitución, en la historia de la energía.—
La historia mundial de la energía no es una historia de sustitución, sino de acumulación. Nunca ha habido una verdadera “transición” que haya dejado atrás el carbón, el petróleo o incluso la madera. En 2024, la madera seguía generando más energía que la energía nuclear. Ese mismo año, a pesar del crecimiento de las energías renovables, las emisiones del sector eléctrico siguieron aumentando. Detrás del relato deslumbrante del progreso tecnológico se oculta una realidad mucho más rutinaria: una acumulación constante de materiales y fuentes de energía en lugar de su sustitución.
Consideremos brevemente el ejemplo de la producción de luz. Cuando la llegada de la electricidad extinguió las lámparas de petróleo en el periodo de entreguerras del siglo XX, no se rompió la dependencia de la iluminación respecto al petróleo. Por el contrario, las turbinas alimentadas con petróleo de las centrales eléctricas mantuvieron las luces encendidas. Actualmente, los faros de los coches consumen más petróleo que toda la economía mundial en 1900, cuando las lámparas de petróleo iluminaban los hogares de todo el mundo. Si la historia nos enseña algo, es que ninguna fuente de energía o material ha quedado obsoleta.
No se trata simplemente de adición energética, sino de simbiosis: energías y materiales crecen juntos, entrelazándose y reforzándose mutuamente en el tejido de las economías industriales. La primera industrialización, por ejemplo, no fue un simple cambio de la madera al carbón. A principios del siglo XX, en Gran Bretaña, la industria minera consumía más madera para sostener las galerías subterráneas de minas de carbón que la que empleaba toda la población británica para calentar sus hogares un siglo antes. Se puede afirmar, por lo tanto, que el carbón impulsó el consumo de madera. Asimismo, el petróleo alimentó la demanda de carbón, ya fuera para producir acero, fabricar automóviles o construir carreteras. A su vez, el petróleo permitió la producción masiva de materias primas, incluidos el carbón y la madera, lo que afianzó aún más su papel en la economía.

Descarga de puntales de madera para las minas de carbón de Gales, puerto de Cardiff, 1936. Getty images.
Desde que el mundo reconoció oficialmente el cambio climático como una preocupación global con la creación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en 1992, la proporción de combustibles fósiles en el conjunto de la energía global apenas ha variado: se ha mantenido obstinadamente por encima de las tres cuartas partes del conjunto de energía primaria. Incluso en economías avanzadas que han logrado reducir las emisiones, los combustibles fósiles siguen llevando la voz cantante: en 2024, representaban el 80 % del consumo energético de Estados Unidos, el 75 % de Reino Unido, el 65 % de España y alrededor del 50 % de Francia y Dinamarca. Se puede afirmar, por lo tanto, que las turbinas eólicas y los paneles solares ayudan a alimentar un mundo que sigue dependiendo fundamentalmente del carbón, el petróleo y el gas para el acero, los alimentos, el hormigón y el transporte global por aire y mar.
Dado el abrumador peso de esta historia de acumulación y simbiosis, resulta lícito preguntarse dónde y cómo se originó la idea de “transición energética”. Hay que señalar, en primer lugar, que es una expresión reciente. Hasta la década de 1970, el término apenas se utilizaba. Las personas expertas en energía de esos años esperaban cambios en la composición del mix energético y una estabilización del consumo total, pero no preveían la desaparición total de fuentes de energía enteras. De hecho, cuando los conservacionistas se preocupaban por el agotamiento a largo plazo de las reservas de carbón, pensaban con una escala temporal de siglos. En 1915, Herbert Jevons, hijo del economista William Stanley Jevons, predijo que el máximo de consumo de carbón en Gran Bretaña llegaría alrededor del año 2100, con una cifra de 400 millones de toneladas al año. Afirmaba también que este consumo se estabilizaría en unos 300 millones de toneladas durante todo el siglo siguiente. La noción de transición, en el sentido moderno, era ajena a su forma de pensar.

Fuentes de energía primaria en Estados Unidos. Fuente: Leon P. Gaucher, “Energy requirements of the future”, Solar Energy, vol. 14, 1972, p. 5-10.
El término “transición energética” proviene del campo de la física nuclear. Se emplea para describir el cambio de un electrón (“transición electrónica”) entre estados de energía. Durante los años posteriores al Proyecto Manhattan, figuras de la ciencia como Harrison Brown (1917-1986) o Marion King Hubbert (1903-1989) imaginaron un futuro en el que los combustibles fósiles agotados serían reemplazados por la energía atómica. Pensaban en escalas de siglos, incluso de milenios. Su “transición” era una evolución de un planeta industrial hacia una nueva fuente de energía prácticamente infinita. La “transición energética” fue adoptada, en particular, por los defensores de los reactores reproductores rápidos (fast breeder reactors), inicialmente pensados para crear más combustible nuclear que el consumido. Creados a mediados del siglo XX, estos reactores eran capaces de convertir todos los isótopos de uranio en combustible o, incluso, de ser alimentados con torio, un elemento más abundante que el uranio en la corteza terrestre. Eran una promesa de energía casi ilimitada, por lo que eran vistos como una solución factible al agotamiento de los combustibles fósiles. De este imaginario surgió el lenguaje de la “transición”: una evolución gradual de la energía finita a la infinita.

Gráficas diseñadas por Marion K. Hubbert en sus famosas publicaciones acerca del cénit del petróleo (oil peak). Fuente : M.K. Hubbert, “Nuclear Energy and the Fossil Fuels”, Shell Development Company, n°95, 1956. Disponible en: https://www.energycrisis.com/Hubbert/1956/1956.pdf.
La crisis energética de los años 70 popularizó el término de “transición energética”. Lo encontramos en modelos desarrollados por instituciones como el Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados (IIASA) situado cerca de Viena (Austria). Allí el ingeniero Cesare Marchetti (1927-2023) representó lo que denominaba “olas de energía”. En su gráfico, cada fuente —madera, carbón, petróleo, gas, nuclear— crecía, alcanzaba un máximo y declinaba, de modo que dejaba espacio para la siguiente. Este tipo de gráficos tuvieron una gran repercusión. Se introdujo así en el debate energético la curva en S, también llamada “curva logística”, que hasta entonces se utilizaba en modelos de difusión de innovaciones. Desde entonces, las personas expertas en asuntos de “transición energética” han hecho un uso prolijo de este tipo de curvas, en parte porque permiten alimentar la esperanza de una difusión exponencial de las tecnologías “bajas en carbono”. El problema, evidentemente, es que la difusión de una innovación no implica necesariamente la desaparición al unísono de las técnicas anteriores. Además, el nivel asintótico, el que corresponde a la saturación, no es nunca bien conocido y se eleva más y más con el crecimiento de la economía. A todos estos problemas se une la incapacidad de las curvas logísticas para comprender las sinergias entre las diversas formas de energía.
Poco importaron estas debilidades intrínsecas del modelo de transición energética. Los gobiernos necesitaban un relato de esperanza, una forma de pensar el cambio sin hablar de crisis. La “transición energética” ofrecía justamente eso: una promesa de transformación controlada, un horizonte ordenado para atenuar la creciente ansiedad colectiva frente al problema de la energía. Fue entonces cuando la palabra se difundió, impulsada por un discurso del presidente estadounidense Jimmy Carter en abril de 1977. En esos años la expresión “transición energética” se había convertido en un eslogan flexible y conveniente, que podía ser empleado para vehicular una variedad de imaginarios sociotecnológicos: desde los sueños nucleares hasta el renacimiento del carbón, las utopías solares, las economías de estado estacionario y las críticas del pensamiento ecologista. Todo el mundo, desde los neomalthusianos hasta los tecno-optimistas, podían reunirse en torno al concepto de transición energética.

Gráficas de “olas de energía” diseñadas por el ingeniero Cesare Marchetti. Fuente: Cesare Marchetti i Nebojsa Nakicenovic, “The Dynamics of Energy Systems and the Logistic Substitution Model”, diciembre 1979, IIASA RR 79-13, p. 13. Disponible en: https://pure.iiasa.ac.at/id/eprint/1024/1/RR-79-013.pdf.
El giro más sorprendente en todos estos acontecimientos es el reciclado de este relato —nacido a mediados del siglo XX para hacer frente a las angustias sociales sobre escasez energética mediante las promesas atómicas– para abordar la presente crisis climática. Cuando el calentamiento global surgió como tema de debate político en Estados Unidos, a finales de la década de 1970, las instituciones y personas del mundo económico que habían pensado la crisis energética se vieron obligadas a reestructurar sus marcos de análisis. La continuidad es sorprendente, pero también lo es el desajuste. El desafío climático exigía algo completamente nuevo: no una lenta evolución a lo largo de siglos, sino la eliminación rápida y casi total de los combustibles fósiles en unas pocas décadas. Tal reducción no era ahora impulsada por la escasez, sino por la necesidad de limitar el carbono en la atmósfera, en un contexto de abundancia y bajo coste de los combustibles fósiles. La diferencia entre estas dos crisis —la escasez de energía frente a la desestabilización climática— era profunda, pero ambas se guiaban por un mismo horizonte intelectual.
El ejemplo más ilustrativo de este error de futurología lo ofrece el caso de William Nordhaus, galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2018. Es necesario recordar, en primer lugar, que Nordhaus fue uno de los economistas defensores de los reactores reproductores de energía nuclear. Ya en 1973 publicó su primer artículo sobre la cuestión energética. Su razonamiento podía resumirse así: el petróleo es caro, pero ¿significa esto que se debe restringir su consumo y preservarlo en el subsuelo? En absoluto: debemos extraerlo ahora que su precio es elevado, pues en el futuro podría perder su valor a causa del desarrollo del reactor reproductor. Dos años más tarde, en el instituto austríaco IIASA, Nordhaus redactó el primer artículo económico sobre el cambio climático y repitió el mismo esquema argumental: existe el efecto invernadero, pero ¿su existencia nos obliga a limitar el uso de la energía y, por ende, reducir el producto interior bruto (PIB)? Desde luego que no. Será mucho más sencillo emprender la transición dentro de dos o tres décadas, cuando dispongamos de las tecnologías adecuadas. Así, la transición energética se convirtió en una justificación teórica para diferir la acción, para la procrastinación.
En cuanto a los gobiernos, la transición energética se concibió como una salida política conveniente frente al desafío climático. Cuando se fundó el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), ya existía un organismo internacional de expertos: el Grupo Asesor sobre los Gases de Efecto Invernadero (Advisory Group on Greenhouse Gases), creado por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Estaba compuesto por una quincena de climatólogos que afirmaban, sin dudar un ápice, que el cambio climático era una realidad y que se debía actuar con urgencia. En 1988, la Conferencia de Toronto culminó con una declaración final de gran audacia: se debían reducir las emisiones de CO₂ en un 25 % antes de 2005.

Portada del informe de la Conferencia Mundial celebrada en Toronto (Canadá) del 27 al 30 de junio de 1988: “El cambio atmosférico: implicaciones para la seguridad mundial”. El texto completo de las actas está disponible en la biblioteca digital de las Naciones Unidas.
Para alcanzar tan loable objetivo, se proponía gravar el carbono en los países ricos a fin de financiar el desarrollo y la adaptación del mundo pobre. Cuando el gobierno de Estados Unidos escuchó que ciertos grupos de expertos —e incluso delegados oficiales— defendían una reducción del 25 % antes del año 2000, la reacción fue inmediata: se necesitaban expertos “serios”. De esa necesidad nació el IPCC y conviene subrayar que la letra decisiva no es la “I” de “internacional”, sino la de “intergubernamental.”
La documentación conservada en archivos no deja margen para la duda: los gobiernos debían designar expertos no solo procedentes del ámbito ambiental o científico, sino también de los ministerios de industria, energía y agricultura, así como representantes de las empresas energéticas. El segundo responsable del Grupo 3 del IPCC fue Robert Reinstein, un personaje abiertamente escéptico respecto al cambio climático. Al mismo tiempo, Reinstein hacía de negociador de Estados Unidos para la Cumbre de Río de Janiero de 1992. Actuaba bajo las instrucciones de John Sununu, jefe de gabinete del presidente George H. W. Bush. Las notas de sus conversaciones son elocuentes: la idea de “transición energética” no era más que una escenografía política. Sununu fue categórico: no prometas nada (“no target”), no habrá dinero (“no money”), juega la carta de la tecnología (“play the technology card”). Y eso fue exactamente lo que han hecho la gran mayoría de los expertos oficiales en mitigación del cambio climático hasta ahora.
Al presentar el futuro como una secuencia de grandes transiciones entre sistemas energéticos, la historia de la energía ha cumplido un propósito ideológico discreto, pero no por ello menos importante. Aporta un aparente apoyo histórico a la posibilidad de eliminar los combustibles fósiles en dos o tres décadas, es decir, permite presentar como plausible una transformación para la que, como se ha visto, no existe precedente histórico alguno. El atractivo de la “transición energética” es poderoso, ya que ofrece una visión de una transformación futura que excusa la falta de acciones del presente. La fuerza del término proviene de su capacidad para reconciliar una contradicción política fundamental: permite reconocer la gravedad del problema climático al mismo tiempo que mantiene el desarrollo económico. Es un lenguaje que no amenaza. Sugiere una transformación sin ruptura, una modernización sin renuncia, un futuro que no exige desmontar activamente las estructuras económicas y sociales del presente. Esa suavidad es también su peligro. No podemos imaginar una “transición” de las energías fósiles hacia un sistema completamente distinto sin reconocer que toda nuestra civilización material —las infraestructuras, la agricultura, el transporte, la industria, incluso la alimentación— está fundada sobre ellas. Creer que bastará con sustituir un combustible por otro es desconocer la profundidad de nuestra dependencia. La idea de transición responde más a una necesidad moral que a una posibilidad técnica. Necesitamos creer que hay un camino de salida, una continuidad entre el mundo que conocemos y el que deseamos. Pero la historia energética no nos ofrece esa continuidad. Nos muestra más bien un espejo incómodo: cada avance técnico ha ampliado la escala del consumo, ha abierto nuevos territorios a la extracción, ha extendido la frontera material del mundo humano.
Jean-Baptiste Fressoz
Centre National de la Recherche Scientifique
Cómo citar este artículo:
Fressoz, Jean-Baptiste. Sin transición energética. Sabers en acció, 2026-01-14. https://sabersenaccio.iec.cat/es/sin-transicion-energetica/.
Para saber más
Puedes ampliar la información con la bibliografía y recursos disponibles.
Lecturas recomendadas
David Edgerton, Innovación y tradición: Historia de la tecnología moderna, Drakontos, 2007.
Jean-Baptiste Fressoz, Sin transición. Una nueva historia de la energía, Arpa, 2025.
Estudios
Bertomeu Sánchez, José Ramón, y Ignacio Suay Matallana. «Energía: pasado y presente.» En Sabers en acció. Institut d’Estudis Catalans, 2023. https://sabersenaccio.iec.cat/es/energia-pasado-y-presente/.
Timothy Mitchell, Carbon Democracy. Political Power in the Age of Oil, London, Verso, 2011.
Andreas Malm, Capital fósil. Capitán Swing, 2022.
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Seow, Victor. Carbon Technocracy: Energy Regimes in Modern East Asia. Chicago University Press, 2022.
Vaclav Smil, Energía y civilización: una historia. Arpa, 2021.
Vaclav Smil, Cómo funciona el mundo: Una guía científica de nuestro pasado, presente y futuro, Debate, 2023.
Prensa
Jean-Bastite Fressoz, Entrevista “Los sectores que no se pueden descarbonizar deben decrecer”, La Vanguardia, 8 de septiembre de 2025, https://www.lavanguardia.com/natural/cambio-climatico/20250908/11036351/jean-baptiste-fressoz-sectores-descarbonizar-deben-decrecer.html
Jean-Baptiste Fressoz, Entrevista «Los más pesimistas eran demasiado optimistas», Espai Marx, 2024. https://espai-marx.net/?p=14914
Fuentes
Harrison Brown, Examen del futuro, México, FCE, 1960.
Palmer Cosslett Putnam, Energy in the future, New York, Van Nostrand, 1953.
Páginas de internet y otros recursos
Seminari Sin transición. Una nueva historia de la energía per Jean-Baptiste Fressoz. https://www.youtube.com/watch?v=FH6gn6ZF6tY

