—Psicología, diferencia humana y la controvertida historia de la ciencia de la inteligencia.—
La inteligencia ha sido entendida de maneras muy variadas por diferentes culturas a lo largo de la historia. En realidad, la concepción moderna de la inteligencia no comenzó a emerger realmente hasta la Ilustración. Dado que fue un período que celebraba el poder de la razón humana para superar la superstición y el fanatismo, resulta lógico que creciera el interés por averiguar en qué consistía eso que llamaban “razón”, quién la poseía y qué papel debía desempeñar en la organización de la sociedad. Este interés también fue impulsado por ideas sobre las diferencias humanas y las desigualdades. El cambio económico y social, la expansión colonial y el surgimiento de las interpretaciones evolucionistas crearon un ambiente propicio para las interpretaciones que explicaban las diferencias en la capacidad mental a través de las desigualdades entre europeos blancos y otras razas, entre ricos y pobres, o entre hombres y mujeres.
La concepción de la inteligencia en el siglo XIX resulta ya más cercana a las interpretaciones actuales. El término se usó cada vez más para referirse a las altas capacidades mentales, de modo que quedaron arrumbados otros significados del pasado. Se asociaba así más estrechamente con la razón y la racionalidad, al mismo tiempo que perdía sus vínculos con la virtud y el carácter, así como también abandonaba sus conexiones religiosas y su relación con la divinidad. Pasó a ser entendida como algo propio de ciertos individuos y grupos, una capacidad que algunas personas poseían más que otras. Casi al mismo tiempo, la psicología moderna comenzó a estudiar las habilidades mentales y estas nuevas ideas sobre la inteligencia sirvieron como una etiqueta conveniente, que proveía un conjunto de herramientas conceptuales, de gran utilidad para la construcción de esta disciplina. Estos primeros psicólogos se dedicaron a convertir la inteligencia en una ciencia.
Una de las primeras personas que trataron de estudiar científicamente la inteligencia humana fue Francis Galton, el erudito padre de la eugenesia. Galton estaba particularmente interesado en la medición científica de las habilidades mentales y físicas de la población. Su mayor contribución al estudio científico de la inteligencia llegó en 1869 con la aparición de su libro, Hereditary Genius. El libro prometía descubrir los secretos de la genialidad a través del análisis estadístico de mil destacados hombres británicos procedentes de trescientas familias. Entre ellos figuraban los principales estadistas, comandantes militares, jueces, escritores y científicos de la historia reciente. Según Galton, su estudio demostraba de forma contundente que las habilidades mentales sobre las que se fundamentaba la excelencia de estos hombres eran heredadas, es decir, que eran más bien el producto de la naturaleza que el resultado de la educación o la crianza.

Francis Galton. Wellcome Collection.
El psicólogo francés Alfred Binet (1857-1911) llevó esta línea de trabajo un poco más allá al introducir las técnicas de las pruebas de inteligencia. Mientras Francia buscaba universalizar la educación primaria, su gobierno pidió nuevas formas de identificar a los niños “anormales” que necesitaban ser separados en las escuelas o llevados a cursos especiales. Como respuesta a este problema, Binet y su colaborador, Théodore Simon (1873-1960), desarrollaron en 1905 una nueva prueba destinada al “diagnóstico del nivel intelectual de los anormales” (Méthodes nouvelles pour le diagnostic du niveau intellectuel des anormaux) y la describieron en la revista L’Anneé Psychologique. Una de las innovaciones más influyentes que introdujeron Binet y Simon fue la idea de que había niveles mentales específicos de la edad que podían servir para medir a niños individuales.

Alfred Binet. Wikimedia.
Las pruebas de Binet impulsaron la investigación sobre la inteligencia y el desarrollo de pruebas psicológicas en Europa y Estados Unidos. Binet se había contentado con baremar las puntuaciones obtenidas en diferentes pruebas para identificar “niveles mentales” vagamente definidos. Por su parte, el psicólogo británico Charles Spearman (1863-1945) argumentó en 1904 que detrás de estas diferentes medidas de la inteligencia había una realidad subyacente llamada “inteligencia general” (“g”). En California, otro psicólogo llamado Lewis Terman (1877-1956) tradujo y revisó las pruebas de Binet, para acabar publicando en 1916 la denominada Stanford Revision of the Binet-Simon Scale (Revisión de Stanford de la Escala de Binet-Simon). Inspirado por una propuesta anterior del psicólogo alemán Willian Stern, Terman reemplazó el lenguaje de los niveles mentales de Binet con el nuevo concepto de “cociente intelectual” (“CI”). Definió numéricamente este cociente (o coeficiente) intelectual como la relación entre la edad mental (determinada por las pruebas) y la edad cronológica, todo ello multiplicado por cien. Por primera vez en la historia, era posible realizar una prueba que producía un número único para obtener así la evaluación definitiva de la inteligencia.

Tabla de distribución de puntuaciones de una muestra de 905 niños evaluados en la prueba Stanford-Binet de 1916. Fuente: Lewis Terman, The Measurement of Intelligence (1916). Wikimedia.
Las pruebas de Terman resultaron muy populares. Apenas un año después de su publicación, Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial y Terman fue nombrado miembro de un panel de psicólogos que diseñaban un nuevo conjunto de pruebas de inteligencia para ser aplicadas a los nuevos reclutas del ejército. Casi dos millones de militares estadounidenses se presentaron a estas pruebas antes del final de la guerra y los resultados ayudaron a seleccionar a las personas que podían ser enviadas para ser entrenadas como oficiales.
Las pruebas del Ejército y sus resultados recibieron una gran atención por parte de los medios de comunicación, sobre todo al haber sido interpretados como una demostración de que la inmigración estaba socavando los niveles de inteligencia de la sociedad estadounidense. Parecían ofrecer un respaldo oficial para la nueva —y hasta entonces apenas probada— técnica de pruebas de inteligencia. Al final de la guerra hubo una gran demanda de estas pruebas por parte de maestros y administradores escolares. Diversas copias pirateadas de la prueba de Terman circularon rápidamente por todo el país. En 1925, sus pruebas se vendían a razón de más de un millón y medio de copias al año. Terman se vio inundado de solicitudes para aprobar traducciones y revisiones en países de todo el mundo, incluidos Perú, México, Polonia, China e India. La industria de las pruebas de inteligencia había nacido y se estaba convirtiendo rápidamente en un fenómeno global. A pesar de su novedad, estas pruebas habían alcanzado un amplio reconocimiento como herramientas que podían usarse para el diseño de la sociedad.

¿Cuál de estas dos caras es más bonita? Una pregunta de la prueba Binet-Simon de 1908. Fuente: J. E. Wallace Wallin, ‘A Practical Guide for Administering the Binet-Simon Scale for Measuring Intelligence’, The Psychological Clinic, 5:1 (1911). Wikimedia.
Las pruebas rápidamente se enredaron en controversias sobre inteligencia y raza. Terman y otros expertos de la inteligencia estaban interesados no solo en las diferencias de inteligencia entre individuos, sino también entre grupos raciales. Mostraron poco interés en las críticas sobre sus métodos de muestreo o la obvia carga cultural de las preguntas que empleaban en sus pruebas. Cuando Terman estaba recolectando niños con puntuaciones de coeficiente intelectual de más de 140 para su estudio de superdotados, se apercibió de que los niños con ascendencia inglesa, escocesa y judía estaban sobrerrepresentados, mientras que había bajas proporciones de niños mexicanos, italianos y negros. Interpretó estos resultados como indicios de los diferentes niveles de inteligencia entre diferentes razas que existían desde el nacimiento. Como muchas de las personas involucradas en la ciencia de la inteligencia de esos años, Terman fue también un eugenista entusiasta y un activo participante en los trabajos de la American Eugenics Society.
Estos argumentos sobre la raza y la inteligencia estaban interconectados con la cuestión de la herencia y la genética. Desde principios del siglo XX, los científicos de la inteligencia debatieron acerca de la proporción que correspondía a los factores hereditarios o ambientales en la generación de los niveles del coeficiente intelectual. A principios de siglo, existía un gran consenso sobre el carácter hereditario de las diferencias de inteligencia. Esta percepción cambió a mediados de siglo, particularmente en las décadas de 1960 y 1970, cuando se produjo un giro hacia las explicaciones ambientalistas. En la década de 1980, James Flynn argumentó que las puntuaciones promedio del coeficiente intelectual habían aumentado significativamente en la mayoría de las sociedades a lo largo del siglo. El “efecto Flynn”, como se le llama a menudo, fue interpretado por muchos como prueba de que los niveles de inteligencia están moldeados por factores como la educación, el trabajo, la nutrición y la salud pública.

La curva de la campana de Bell. Wikimedia.
A pesar de esto, durante el período comprendido entre las décadas de 1970 y 1990, surgieron toda una serie de controversias públicas sobre la naturaleza de la inteligencia y su carácter hereditario, unas polémicas que estuvieron íntimamente entrelazadas con la cuestión de la raza. Entre 1969 y 1972, tres psicólogos de alto nivel —Arthur Jensen en Berkeley, Hans Eysenck en el Instituto de Psiquiatría de Londres y Richard Herrnstein en Harvard— publicaron trabajos que argumentaban que las diferencias en la inteligencia, incluidas las diferencias medidas entre personas de diferentes grupos raciales, eran en gran medida producto de la herencia. Estos argumentos encontraron una gran resistencia, particularmente por parte de grupos estudiantiles, y se convirtieron en una parte central de las guerras culturales en las universidades de la época. Dos décadas más tarde, estas controversias fueron revividas por Richard Herrnstein (1930-1994) en su libro The Bell Curve, que publicó en 1994 junto con el politólogo conservador Charles Murray. El libro argumentaba que los niveles promedio de inteligencia en los EE. UU. estaban disminuyendo, que los factores genéticos desempeñaban un papel clave en las diferencias de inteligencia y que la desigualdad social entre grupos raciales tenía sus raíces, al menos parcialmente, en estos desiguales niveles de inteligencia.
Las controversias surgidas en torno a estos argumentos impulsaron la búsqueda de nuevas formas de estudiar y comprender la inteligencia humana. En 1983, por ejemplo, el psicólogo educativo Harold Gardner desarrolló la idea de “inteligencias múltiples”, argumentando que de hecho había “siete” inteligencias humanas distintas. Desde entonces, los psicólogos y científicos sociales han centrado su atención en ideas sobre inteligencia emocional, inteligencia social o colectiva y otras formas de comprender las habilidades humanas. Estas ideas, y la asociación del coeficiente intelectual con la ciencia racial, ayudaron a socavar las culturas populares del coeficiente intelectual y a poner en cuestión pruebas de inteligencia de uso generalizado a mediados del siglo XX. Se llegó incluso a prohibir las pruebas de inteligencia en diversos lugares debido a los recelos acerca de los prejuicios raciales que comportaban.
En los años más recientes, sin embargo, ha habido un giro importante, tanto en el mundo científico como en la cultura popular, hacia la concesión de un mayor papel a la genética en la explicación de las desigualdades humanas, incluidas las diferencias en la inteligencia. Esta tendencia ha estado apoyada por el auge de la neurociencia a partir de la década de 1990, impulsada por nuevos estudios científicos del cerebro que dirigieron el interés de la población y del mundo político hacia explicaciones de fenómenos psicológicos y sociales basadas en los nuevos saberes acerca del funcionamiento del cerebro. También se produjo un renovado entusiasmo por la genética, inspirado por el éxito del proyecto “Genoma Humano” en 2003 y las diversas tecnologías para mapear y manipular genes humanos que siguieron su estela. Junto con estos desarrollos científicos, la ciencia de la inteligencia y el lenguaje del coeficiente intelectual han mantenido su popularidad en grupos de derechas a uno y otro lado del Atlántico que utilizan estos saberes para justificar argumentos sobre la jerarquía social y la desigualdad económica.
Hoy en día, las pruebas de inteligencia continúan utilizándose, a menudo de manera acrítica, en campos como la genética, la investigación en salud, la neurociencia o, incluso, la inteligencia artificial. Más allá del laboratorio, las ideas que surgieron de la ciencia de la inteligencia del siglo XX continúan dando forma al modo en que se entiende la inteligencia humana como fuerza para el progreso y como explicación de la desigualdad.
David Brydan
King’s College London
*Traducción: José Ramón Bertomeu Sánchez
Cómo citar este artículo:
Brydan, David. Inteligencia humana. Sabers en acció, 2025-12-17. https://sabersenaccio.iec.cat/es/inteligencia-humana/.
Para saber más
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Lecturas recomendadas
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Páginas de internet y otros recursos
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‘Searching for genius’, Wellcome Collection, https://wellcomecollection.org/series/searching-for-genius
‘In Our Time: Intelligence’, BBC, https://www.bbc.co.uk/sounds/play/p00545l3

