—Espacios, actores y estrategias al servicio de la promoción y aprobación social de las ciencias.—

Situating Chemistry es un proyecto colaborativo en línea cuyo objetivo es ubicar los espacios donde la química ha sido practicada a lo largo de la historia. Permite visualizar los lugares precisos en los que las fuentes de archivo, la prensa periódica o las publicaciones científicas documentan la existencia de un laboratorio químico. La información disponible es muy desigual, pues depende del estado de la investigación sobre la actividad científica en diferentes épocas y lugares. Hay ejemplos como París y algunas otras ciudades francesas para los que ya se cuenta con mucha información y otros de los que todavía no se dispone apenas de datos. Si nos fijamos en el área metropolitana de París a finales del siglo XVIII, comprobaremos que la base de datos recoge la presencia de cerca de quinientos laboratorios activos en una ciudad de poco menos de un cuarto de millón de habitantes. Muchos de ellos aparecen ligados a oficinas de farmacia, instituciones académicas, la administración del estado o industrias y manufacturas. Pero lo más sorprendente es que cerca de trescientos estaban instalados en residencias particulares, dentro de la categoría «domestic».

Recreación de los cursos de química impartidos por Gillaume François Rouelle a mediados del siglo XVIII en el Jardin du Roi de París. Bibliothèque National de France.

¿Quiénes fueron todas esas personas que decidieron instalar un laboratorio de química en sus residencias particulares? ¿Por qué y para qué decidieron ocupar su espacio familiar, su tiempo y sus recursos en la instalación y el uso de un laboratorio químico? No podremos responder a estas preguntas sin entender el proceso que, a lo largo del siglo XVIII, sacó a las ciencias experimentales de los gabinetes, bibliotecas y laboratorios eruditos donde se habían practicado, al abrigo de la mirada recelosa de las elites intelectuales, religiosas y políticas europeas, y bajo la indiferencia más absoluta del resto de los mortales. En este siglo la ciencia ocupó el espacio público y creó nuevos escenarios para desarrollar la faceta pública. A continuación, se visitarán algunos de los lugares que contribuyeron a conseguir reconocimiento y valor para las ciencias experimentales hasta convertirlas en motor y medida del progreso moral y económico de las naciones bajo el impulso de los movimientos ilustrados.

Con diferente fortuna según los territorios, tomar café, té o chocolate adquirió un enorme prestigio entre las élites aristocráticas europeas de finales del siglo XVII y entre quienes les disputaban tal condición. Para la ingesta colectiva de estas bebidas se abrieron en las ciudades europeas «casas de ocio y conversación», como las llamó Jovellanos, donde las exóticas preparaciones acompañaban los debates sobre las novedades de la política, la literatura y, también, de lo que entonces se conocía como filosofía natural y que más tarde se llamó «la ciencia» o «las ciencias». Novedades sobre el mundo natural y artificial que llegaban a las manos de estos ociosos tertulianos a través de la floreciente prensa periódica publicada en las capitales europeas o en la abundante correspondencia intercambiada entre quienes podían aportar y se interesaban por nuevas observaciones y experimentos sobre fenómenos ópticos, eléctricos, magnéticos o neumáticos producidos por los nuevos instrumentos filosóficos. Algunos clubes y tertulias de caballeros se convirtieron en auténticos nodos en esas redes de correspondencia, recibiendo y reenviando las cartas que mayor interés podían tener para sus socios y corresponsales. De alguno de ellos surgieron instituciones clave para la ciencia del siglo XVIII, como fueron las Sociedades y Academias científicas, y objetos fundamentales para la comunicación como las memorias académicas, germen de las futuras revistas científicas especializadas que surgieron a finales de la centuria.

 Reunión de la Royal Society presidida por Isaac Newton. Wikimedia.

Pertenecer a estos clubes se convirtió en un signo de prestigio, de modo que su acceso estuvo muy restringido. Durante mucho tiempo fueron reductos aristócratas, pero sirvieron para que estas poderosas y adineradas élites se interesaran por lo que los filósofos naturales y la creciente y heterogénea comunidad de observadores y experimentadores tenían que decir sobre un mundo natural del que, aseguraban, no sólo podían ofrecer observaciones e interpretaciones, sino, además, formas de dominarlo y transformarlo. Atraer el interés de estas élites era importante, sin duda, pero no solo de interés vivían los filósofos naturales, también necesitaba financiación para sus empresas científicas, y de estas reuniones surgieron también las primeras formas de patrocinio público y privado de la actividad científica, costeando expediciones e investigaciones que consideraron importantes para el prestigio y el progreso económico de sus respectivas naciones. Fue en esos lugares donde se acuño uno de los lemas clave en la promoción de las ciencias experimentales, ese que afirma que «el conocimiento es poder». Como primeras formas de asociacionismo científico, las academias y sociedades científicas del siglo XVIII fueron esenciales para la expansión de la ciencia pública y el acceso a ella de sectores de la población tradicionalmente excluidos de la actividad intelectual.

El experimentador británico Francis Hauksbee (1660-1713) muestra a sus invitados los sorprendendes efectos producidos por el fluido eléctrico. Wikimedia.

La electricidad fue probablemente el fenómeno de mayor éxito en el siglo XVIII, entre otras razones, por la espectacularidad de sus experimentos. El fluido eléctrico producido al hacer girar grandes discos de vidrio en contacto con cojinetes de seda hacía que jóvenes suspendidos del techo pudiera atraer con sus manos limaduras de metal, que damas y caballeros hicieran saltar chispas al acercar sus manos o que sintieran el calambreante paso del misterioso fluido a través de sus cuerpos. El espectáculo de los fenómenos producidos por las bombas de vacío, las máquinas eléctricas o las retortas, hornos y alambiques de los químicos atrajo el interés de fabricantes de instrumentos, editores de libros y conferenciantes de todo tipo y condición, que vieron abrirse ante sí un lucrativo mercado. El interés comercial de unos y la necesidad de reconocimiento social de otros encontraron en las chispas eléctricas y las reacciones químicas una interesante simbiosis. Los salones de la alta sociedad fueron uno de los escenarios donde estos experimentos fueron mostrados. A ellos fueron convocados aristócratas, viajeros y diplomáticos, comerciantes e industriales y prestigiosos profesores y experimentadores que encontraron en estos espacios de socialización un excelente escenario donde dar a conocer sus saberes y ganar para ellos la atención y el reconocimiento necesario para sus incipientes carreras profesionales.

La utilidad fue otro pilar fundamental para la promoción de las ciencias y de quienes las practicaban. Los experimentadores trataron de convencer a sus conciudadanos de que sus instrumentos no eran sólo capaces de explicar el mundo, también podían dominarlo y transformarlo. Los cursos públicos de física, química e historia natural proliferaron en las ciudades europeas. En las gradas de los anfiteatros habilitados o construidos para ello se congregaron estudiantes de medicina y farmacia, comerciantes e industriales, viajeros y espías, diplomáticos y aristócratas, profesionales liberales y literatos interesados en conocer lo que los experimentadores tenían que decir. El trabajo de estos profesores, conferenciantes y demostradores no fue sencillo, pues tuvieron que suscitar la atención de públicos con intereses muy variados. Sus explicaciones, demostradas con experimentos ejecutados por hábiles asistentes, debían facilitar el aprendizaje de los estudiantes que dependían de ellos para adquirir los conocimientos necesarios para su promoción profesional; debían también suscitar debates científicos y filosóficos para el deleite de quienes acudían en busca de un entretenimiento intelectual; y debían también dar pruebas que convencieran a industriales y productores de las aplicaciones prácticas de lo que allí se contaba y mostraba. Muchos de esos cursos fueron organizados por las sociedades patrióticas o sociedades económicas de amigos del país. Impulsadas por aristócratas ilustrados y adinerados terratenientes, las sociedades económicas financiaron viajes de estudio, cursos para agricultores y operarios, así como proyectos de investigación que fomentaran la mejora de la agricultura y la industria local. Fueron uno de los logares en los que la idea de la aplicación de las ciencias al progreso económico de las naciones tomó forma y penetró en las sociedades ilustradas.

Portada de las Instituciones económicas de la Sociedad de Amigos del País de la ciudad y reino de Valencia, Primera parte. Valencia, Oficina de Benito Monfort, 1777). Biblioteca Valenciana.

Este escenario de promoción social de las ciencias, de creciente interés filosófico, económico y profesional por lo que los filósofos naturales decían poder explicar y hacer con sus observaciones, experimentos y artefactos, permite entender la existencia de una cantidad tan grande de laboratorios instalados en residencias particulares. Las demostraciones experimentales hechas en anfiteatros y escenarios públicos no solo fueron seguidas y observadas por un público curioso. Los asistentes a estas sesiones también se aventuraron en la reproducción de los experimentos, por considerar esta la mejor forma de comprender los fenómenos mostrados, al mismo tiempo que les hacía partícipes de la producción y circulación de saberes en las tertulias filosóficas, donde podían narrar con detalle las peculiaridades de sus investigaciones. También era habitual describir los experimentos en cartas y artículos dirigidos a las nuevas publicaciones periódicas.

Los laboratorios privados fueron también espacios de ostentación y socialización, convirtiéndose en lugares de «concurrencia de muchos sujetos, que libres de las preocupaciones comunes miran a la química como útil», tal y como se refería a esos públicos el farmacéutico madrileño Pedro Gutiérrez Bueno, sorprendido de la nutrida afluencia de estas gentes a sus cursos de química. Y fueron, también, lugares de estudio para quienes preparaban los exámenes y pruebas prácticas exigidas para la obtención de sus títulos de médicos, farmacéuticos, cirujanos o ingenieros en instituciones académicas todavía carentes de los espacios y los recursos necesarios para la adquisición de los conocimientos que exigían a sus futuros titulados. Por invitación o previo pago, por estos laboratorios privados circularon y practicaron las ciencias experimentales generaciones de futuros filósofos naturales y, pronto, científicos profesionales.

 

 

Antonio García Belmar
IILP-UA

 

Para saber más

Puedes ampliar la información con la bibliografía y recursos disponibles.

Lecturas recomendadas

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Fuentes

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