—Medicina, filosofía, ciencias de la naturaleza, agricultura y alquimia durante el siglo IX.—

 

Al-Manṣūr

estuvo rodeado de astrólogos de renombre desde antes de ser califa, pero la primera mención de un médico importante relacionado con él data del 765, el mismo año de la fundación de Bagdad según dice una fuente, aunque eso no es del todo exacto. El califa estaba desganado y tenía dolor de estómago pero sus médicos no acertaban con el remedio. Desesperado, pidió a aquellos médicos si conocían a alguien que lo pudiera curar y le dijeron que sí, el director del hospital de Jundishapur, Jūrjis ibn Jibrīl ibn Bukhtīshūʿ (m. 769), un cristiano nestoriano. Aunque se hizo de rogar mucho, acabó acudiendo a Bagdad, donde fundó una especie de “lobby médico” familiar que sirvió a los califas hasta el siglo XI, a cambio de generosos emolumentos y poder social. Su nieto, Jibrīl ibn Bukhtīshūʿ, se convertiría en el director del hospital supuestamente fundado por Hārūn al-Rashīd. Uno de los grandes escritores de la época, al-Jāḥiẓ (767-868), nos habla de un médico que no tenía clientes porque su nombre no era cristiano y no vestía ni hablaba como los de Jundishapur. Los médicos cristianos siríacos, muchos de ellos procedentes de Persia, constituyeron la espina dorsal de la clase médica, aunque se añadieron otros grupos.

El caso más significativo es el de Thābit ibn Qurra, que seguramente aprovechó su talento y su dominio de las lenguas para aprender medicina y dedicarse a ella con provecho. Y no solo ellos, sino también sus descendientes, que llegaron a ser uno de los linajes médicos más poderosos de Bagdad. En un cierto momento, Thābit debió de pensar que se podía ganar más dinero con la medicina que con otras profesiones científica, incluida la astrología, y aprovechó su elevada posición para hacer-se un hueco en la exclusivista profesión médica. Eso no ha de quitar mérito a la obra médica de Thābit, autor de, entre otros, un tratado en el que se diferenciaba por primera vez el sarampión de la viruela, descubierta que se atribuyó posteriormente a al-Rāzī. Estos autores consiguieron que, desde prácticamente la nada, el árabe fuera la lengua internacional de la medicina. El símbolo de estos esfuerzos iniciales es el Paraíso de la sabiduría de ʿAlī ibn Rabbān Ṭabari, manual médico escrito a mediados del siglo IX. La obra sintetiza los principales intereses de los inicios, marcados por la pluralidad y un cierto diletantismo: medicina hipocrático-galénica más filosofía y un poco de medicina hindú.

Representación de Galeno que aparece en un manuscrito árabe sirio del siglo XIII del Tratado de la triaca. Wikimedia.

Los abasidas propiciaron una tradición médica que enraizó hondamente en la sociedad, tanto en la acomodada como en la que lo era menos, porque le hospital se volvió una parte esencial de la praxis de la medicina. Debemos ser prudentes con el mito de Jundishapur, y no creer acríticamente que el modelo de hospital que supuestamente había allí se traspuso en Bagdad como se podría deducir de algunas fuentes. Pero el mito tiene una base, como demuestra el testimonio de al-Jāḥiẓ. Lo que parece relativamente claro es que el modelo de asistencia de la medicina cristiana nestoriana se impuso durante el reinado de Hārūn al-Raixīd (r. 786-809). El primer hospital de la era abasida lo fundó en este periodo el patriarca de la iglesia nestoriana, Timoteo I, en Madāʾin, la antigua Ctesifonte, con los fondos aportados por la comunidad cristiana, incluidos los de los médicos que tan bien se ganaban la vida en la corte. Timoteo era un personaje en la crote, y tradujo los Tópicos de Aristóteles para el califa al-Mahdī.

Por la misma época, Yaḥyā ibn Khālid ibn Barmak, antiguo tutor de Hārūn al-Rashīd y hombre fuerte de su régimen, fundó un hospital en Bagdad. Parecería que se habría establecido una competencia cultural porque los barmáquidas, que eran persas, habían profesado antiguamente el budismo y, lógicamente, tenían poco que ver con la cultura cristiana. El hospital de los barmáquidas se convirtió en un activo centro de traducción de fuentes médicas hindúes, donde expertos de este origen traducían del sánscrito al árabe, en contraposición a la corriente principal de la medicina hipocrático-galénica que practicaban los cristianos, que finalmente acabó por imponerse. El año 803, los barmáquidas cayeron en desgracia y su hospital debió de ser requisado por el califa Hārūn al-Raixīd, a quien después se le atribuyó su creación, que lo puso bajo la dirección del cristiano Jibrīl ibn Bukhtīshūʿ.

La fundación de hospitales continuó en la capital y otras ciudades, activamente impulsada por el patrocinio de los califas y otros dignatarios, entre los que también se podían contar mujeres como Xaghab (m. 932), la madre del califa al-Muqtadir (r. 908-932). En el siglo XI, Bagdad contaba con doce hospitales, que no solo servían como hospicios, sino que eran centros destinados a curar a los enfermos, también enfermos mentales, con médicos, farmacéuticos y personal auxiliar, dirigidos por un médico de prestigio. Además, servían como centros de docencia donde médicos tan importantes como al-Rāzī (m. 925) impartían clases. Parece que el estado organizó de algún modo la profesión médica aunque los datos son escasos, más allá del papel que las fuentes atribuyen a Sinān ibn Thābit (m. 943), el hijo de Thābit ibn Qurra: fue comisionado por el califa al-Muqtadir el año 931 para revisar la capacidad de los médicos de Bagdad, a raíz de un caso sonado de mala praxis. Se dice que examinó ocho cientos sesenta médicos. Una fuente le atribuye, además, haber sido nombrado supervisor de todos los hospitales de Bagdad en una época de epidemias. El control de la profesión en sus niveles más altos la ejercían los propios médicos, organizados en exclusivos clanes familiares, como ya hemos visto antes.

La misma actividad traductora que se da en la astronomía y las matemáticas se da en medicina. El espíritu del tiempo y el ejemplo de la astronomía influyen, sin duda, pero también la necesidad de los médicos de perfeccionar su conocimiento, que no era especialmente profundo al inicio, en un entorno muy competitivo. Al mismo tiempo, las clases acomodadas contribuyen con su mecenazgo porque la medicina se convierte en un componente importante de la cultura de las élites y, junto con los datos y noticias curiosas sobre animales, pasa a formar parte de la literatura no científica en calidad de alta divulgación.

Al principio del periodo, encontramos un oscuro traductor de origen cristiano, al-Biṭrīq, de quien se dice que al-Manṣūr le encargó traducciones de “libros antiguos”. Conocemos seis títulos traducidos por él, uno sobre astrología, el Cuadripartito de Ptolomeo, que quizás tradujo para ʿUmar ibn Farrukhān al-Ṭabarī, y cinco sobre medicina, una obra atribuida a Hipócrates y cuatro tratados atribuidos a Galeno o pseudogalénicos. Las traducciones médicas se intensifican durante el califato de Hārūn al-Raixīd, en el que ya hemos visto el trasvase del sánscrito al árabe en el hospital de los barmáquidas. Como en el caso del hospital, Hārūn al-Raixīd parece querer compensar la influencia hindú encargando a Ibn Māsawayh (m. 857) la traducción de los libros médicos que los musulmanes habían hallado en las ciudades capturadas de Ancyra (la actual Ankara), Amorium (hoy en ruinas, al lado del pueblo turco de Hisarköy) y otras ciudades. Para ello, el califa lo nombró jefe de los traductores y le facilitó un equipo de colaboradores para el trabajo de escritura. Esta anécdota ha servido para que se creara modernamente el mito historiográfico falso según el cual Ibn Māsawayh dirigió la Bayt al-ḥikma. De hecho, parece que no tradujo nunca ni un solo texto, aunque escribió una copiosa obra médica y un tratado de lógica. Pero el mito debe de contener una cierta verdad, porque Ibn Māsawayh había alcanzado el máximo nivel dentro de la clase médica, siendo, además del médico de seis califas, director del hospital de Hārūn al-Raixīd.

La Materia médica de Dioscórides es uno de los tratados más importantes sobre medicamentos simples de la Antigüedad. Planteó muchos problemas a los traductores, que se afanaban por encontrar el nombre exacto de las especies, esencialmente vegetales. La imagen representa la preparación de un jarabe. Wikimedia.

Era, por lo tanto, una especie de empresa médica en sí mismo, y uno de sus empleados, Ḥunayn ibn Isḥāq (808-864), fue seguramente el mayor traductor de la historia de la lengua árabe. Cuando Ibn Māsawayh lo echó de su lado, Ḥunayn se fue al imperio bizantino y estuvo allí dos años aprendiendo griego y reuniendo fuentes. De regreso, se reconcilió con Ibn Māsawayh, quien lo animó a traducir. Tradujo del griego al siríaco y al árabe y del siríaco al árabe y se dedicó principalmente a la medicina y a la filosofía, pero también trató astronomía, matemáticas, magia y otras materias, y hay que remarcar el hecho de que Ḥunayn entendía lo que traducía. En un tratado que escribió sobre las traducciones de Galeno, Ḥunayn dice que antes de él se habían traducido 50, y él y sus discípulos, 214, 106 al siríaco y 108 al árabe. Aunque también se le adscribe erróneamente a la Bayt al-Ḥikma, lo cierto es que Ḥunayn trabajó en una especie de empresa familiar formada por él, su hijo Isḥāq ibn Ḥunayn, su sobrino Ḥubaix y dos colaboradores más, que tradujeron, literalmente, de todo (también el Antiguo Testamento). Además, Ḥunayn y los suyos se dedicaron a corregir las traducciones de los otros. Las traducciones médicas del círculo de Ḥunayn, que luego fueron retraducidas al latín, forman una parte esencial de la bibliografía medieval, tanto en el islam como en Europa occidental. Evidentemente, al lado de Ḥunayn y su círculo, hubo otros traductores y, además de Galeno, otras fuentes traducidas, empezando por Hipócrates y siguiendo por Dioscórides (autor de una obra fundamental en farmacología, la Materia médica), Sorano, Alejandro de Trales, Pablo de Egina y otros. Ḥunayn fue, además, un médico importante en su tiempo (jefe de los médicos del califa al-Mutawkkil), y autor de una vasta obra propia en la que destaca una introducción a la medicina que se convirtió en un libro de acceso a la materia tanto en árabe como en latín.

Ḥunayn había asumido hondamente el papel de médico-filósofo que hemos mencionado antes y tradujo un gran número de obras filosóficas, esencialmente de Aristóteles, pero también del Galeno filósofo, Platón, Proclo, Alejandro de Afrodisia, Temistio, Porfirio y otros. Escribió, además, un speculum príncipes, Adab al-falāsifa, (Educación de los filósofos) que difundió el estereotipo del rey sabio que aprende de los filósofos. Traducido más tarde al latín y a lenguas vernáculas, llegó a ser un best seller europeo que llegó incluso a la lengua catalana, como una de las fuentes del Libro de la sabiduría atribuido a un rey Jaime, que debía de ser el segundo, aunque se especula que pudo ser el primero.

La obra personal de Ḥunayn ibn Isḥāq destaca por sus aportaciones a la oftalmología. Imagen de la anatomía del ojo que se encuentra en un ms. del s. XII de los Diez tratados sobre el ojo. Wikimedia.

En esta época aparece el primer filósofo árabe, al-Kindī (m. 873), que merece este apelativo no solo porque es el primer autor que construye una obra sólida en filosofía sino porque era de origen étnico árabe. Se formó en la corte de al-Ma’mūn, que lo protegió, y su gran momento llegó con el califa al-Muʿtasim (r. 833-842), que fue su gran protector y lo nombró preceptor de su hijo. Consolidó una buena posición en la corte que le valió las envidias de los Banū Mūsa y la caída en desgracia. A su alrededor se articuló el llamado “círculo de al-Kindī”, desde donde el filósofo promovió la actividad científica y las traducciones. Yaḥyā al-Biṭrīq, el hijo de Biṭrīq, fue el traductor más activo del grupo, trasladando al árabe obras de filosofía y medicina. Al-Kindī defendió la formación científica completa según un modelo parecido al clásico trívium-quadrívium, y un desarrollo de la ciencia basada en el método empírico-deductivo de Aristóteles, que complementó con una intensa investigación de las bases matemáticas subyacentes en los fenómenos naturales. Se puede decir que ninguna ciencia le fue ajena porque cultivó, entre otras, matemática, astronomía, medicina, farmacología, música y óptica.

Con las traducciones de los filósofos y los médicos griegos, las principales fuentes de las ciencias naturales también se arabizaron. Se dice que Ibn al-Biṭrīq tradujo en diecinueve libros los tratados zoológicos de Aristóteles, aunque su autoría está en cuestión. Isḥāq ibn Ḥunayn tradujo un Libro de las plantas atribuido a Aristóteles, pero lo que tradujo fue una obra de Nicolás de Damasco (m. 4 d. C.) que, por su exhaustividad, nadie había dudado que fuera de Aristóteles. La botánica estaba además incluida en los tratados médicos sobre remedios. Los médicos también escribieron tratados sobre los animales debido a sus propiedades curativas. Uno de los que ha sobrevivido es el Libro de las utilidades de las partes de los animales, de ʿĪsā ibn ʿAlī, discípulo de Ḥunayn.

Por su parte, los filólogos y los literatos, en su investigación de lo que hoy llamamos etnociencia, compilaron el léxico y los conocimientos tradicionales sobre plantas y animales. El Libro de las plantas del persa Abū Ḥanīfa al-Dīnawarī (m. 894 o 903) sería en lo sucesivo ampliamente citado por los médicos y botánicos árabes. El polígrafo bagdadí Ibn Qutayba (m. 276/889) recogió muchos materiales beduinos sobre animales y otros fenómenos naturales en obras como Las fuentes de las noticias, añadiendo también noticias tomadas de los tratados de los filósofos. La obra más destacada en este género es el Libro de los animales de al-Jāḥiẓ, que extrajo tanto de los beduinos como de Aristóteles. Su obra, escrita con una finalidad teológica, está tan llena de agudas observaciones sobre el comportamiento animal y sus características que diversos autores lo consideraron como un precedente de las teorías de Wallace y Darwin sobre la selección natural. Hoy esta interpretación ya ha quedado superada.

Al-Jāḥiẓ, en si Libro de los animales, especula sobre el fin del mundo mientras reflexiona e investiga sobre la conducta humana y animal. Es un perfecto ejemplo de la compleja vida intelectual del Bagdad del siglo IX. Wikimedia.

En un ámbito más pragmático, también se tradujo sobre agricultura y, en concreto, las Geoponica de Casiano Baso Escolástico (final s. VI-principio s. VII). Este geópono compiló la agricultura bizantina heredada de los romanos y, por lo tanto, de origen cartaginés. Se atribuye la traducción al árabe a Sirjis ibn Hiliyā al-Rūmī, quien la habría hecho a principios del siglo IX porque sabemos que colaboró con al-Ḥajjāj ibn Yūsuf en la traducción que este había hecho del Almagesto para al-Maʾmūn en 827. El tratado de agronomía de Casiano se conoció como Agricultura bizantina. Quizá ya circulaba un texto semejante con el nombre de Agricultura persa, como hemos visto, y después, a finales de siglo, apareció la compleja Agricultura nabatea de Ibn Waḥxiyya (m. 930), compilada según el autor de misteriosos autores “nabateos”.

Imagen procedente de un manuscrito del Tratado del agua plateada de Ibn Umayl (ca. 900- ca. 960). Representa la búsqueda de la pedra filosofal, pero los significados que esconde son muchos. La imagen explica mejor que mil palabras el carácter simbólico y esotérico de la alquimia. Una interpretación de la imagen se puede encontrar en Persis Berlekamp, “Painting as Persuasion: A Visual Defense of Alchemy in an Islamic Manuscript of the Mongol Period”, Muqarnas 20/1 (2003): 35-5. Wikimedia.

Sabios tan importantes como al-Kindī o Hunayn ibn Isḥāq dudaban de la cientificidad de la alquimia: el primero, radicalmente, aunque creía en los talismanes, y el segundo, con matices. Quizá por esta razón, la alquimia fue cultivada por los científicos de Bagdad en el siglo IX. Lo que podemos considerar como núcleo fundacional de la alquimia árabe es un conjunto de centenares de textos atribuidos a Jābir ibn Ḥayyān (el Corpus jabirianum). Según el mismo Jābir, él habría aprendido alquimia del sexto imán chiita, Jaʿfar al-Ṣādiq (m. 765). Alguna tradición lo sitúa en Bagdad bajo la protección de los barmáquidas, y habría muerto poco después de la caída en desgracia de estos, en 805 o 816. El carácter estoico impregnado de religiosidad y mística heterodoxa de la alquimia armoniza muy bien con la creencia por parte del imam de todo lo oculto. Los mismos árabes dudaban de que Jābir hubiera existido. El Corpus jabirianum habría sido escrito más tarde en círculos chiitas, compilando de fuentes griegas y siríacas, a las que adjuntaron sus propias doctrinas. Una de las más curiosas sería un intento de cuantificación de los procesos alquímicos conocidos como “teoría de las balanzas”. Los textos de Jābir, Geber en latín, tuvieron una amplia difusión. Sabios tan serios y rigurosos como el médico y filósofo persa al-Rāzī (m. 925), formado en Bagdad, se tomaron la alquimia como ciencia igualmente seria y contribuyeron a desarrollar una de las literaturas científicas más fascinantes de la historia. Recordemos que cautivó mentes de la talla de Newton.

 

 

Miquel Forcada
Universitat de Barcelona

 

*Traducción: Judit Gil-Farrero

 

Cómo citar este artículo:
Forcada, Miquel. Medicina y ciencias de la naturaleza en Bagdad. Sabers en acció, 2025-12-03. https://sabersenaccio.iec.cat/es/medicina-y-ciencias-de-la-naturaleza-en-bagdad/.

 

 

Para saber más

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Páginas de internet y otros recursos

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Stanford Encyclopedia of Philosophy: https://plato.stanford.edu/. En especial, artículos “Arabic and Islamic Natural Philosophy and Natural Science” (Jon Mc Ginnis), “Greek Sources in Arabic and Islamic Philosophy” (Cristina d’Ancona) y “al-Kindī” (Peter Adamson).

Corpus Medicorum Graecorum – Supplementum orientale: https://cmg.bbaw.de/epubl/online/publisupplor.html. Ediciones y traducciones de textos médicos griegos solo conecidos por versiones árabes, siríacas o latinas.