—Definición, características y ejemplos de la denominada «Big Science».—

 

Los estudios históricos sobre ciencia, medicina y tecnología muestran el modo en que la actividad científica y tecnológica se ha ido transformando a lo largo del tiempo. Por ejemplo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, la investigación científica dejó de ser la ocupación de un reducido grupo de eruditos para convertirse definitivamente en una práctica profesional, tal y como se ha visto en otro apartado. De este modo, el siglo XX experimentó un aumento espectacular en el número de profesionales de la ciencia y de la tecnología, que fue acompañado de un formidable incremento en la producción científica. La ciencia y la tecnología crecieron a pasos agigantados, haciéndose cada vez más grandes, al igual que los instrumentos empleados para profundizar en la comprensión del funcionamiento de la naturaleza. Incluso el concepto mismo de instrumento científico tuvo que redefinirse. Alejado de aquellos «teoremas hechos latón» que hasta el siglo XIX habían sido los principales protagonistas de la práctica científica, las nuevas herramientas empleadas para indagar sobre el comportamiento de la naturaleza se transformaron en complejos sistemas tecnológicos que requerían de nuevas instalaciones e infraestructuras, así como de unos mayores recursos económicos y de personal. Todo un símbolo de una nueva época.

Organigrama del Proyecto Manhattan. Wikimedia.

La actividad científica se convirtió en un trabajo especializado y jerarquizado, sometido a una cada vez mayor burocracia. Se instaló, en el ámbito de la investigación científico-tecnológica, un modelo de generación del conocimiento basado en los modelos de producción característicos del mundo industrial y financiado, principalmente, por los estados. Fue así como a lo largo del siglo XX pudieron desarrollarse y consolidarse en el ámbito de la investigación toda una serie de proyectos interdisciplinares, de gran complejidad y grandes dimensiones, en los que se hacía necesaria la colaboración de numerosos científicos y técnicos de diferente formación y procedencia. Buena muestra de ello son algunos de los más conocidos esfuerzos en el ámbito de la investigación científica y tecnológica de la última centuria, desde el Proyecto Manhattan hasta el colisionador de hadrones (LHC) de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), pasando por el telescopio espacial Hubble o el Proyecto Genoma Humano. Entre los resultados más recientes y destacados de este tipo de colaboración se encuentran las observaciones del bosón de Higgs, la partícula elemental que faltaba para poder completar el modelo estándar y que explica el mecanismo por el cual se origina la masa de las partículas. El bosón de Higgs fue detectado por primera vez en 2012, tras más de veinte años de esfuerzos por parte de la comunidad científica, en dos grandes experimentos realizados en el LHC. El éxito de estas experiencias fue posible gracias a la construcción y operación de aparatos de una complejidad y un rendimiento sin precedentes en el ámbito de la física de altas energías y los resultados fueron publicados en sendos estudios de referencia, cada uno de ellos firmado por unos tres mil autores.

Túnel del LHC (CERN). Wikimedia.

Desde un punto de vista histórico, fue el desarrollo del programa espacial estadounidense por parte de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA) lo que consolidó en la década de 1960 el término Big Science como una categoría con la que referirse a aquellos proyectos que requerían de una organización a gran escala, de un elevado presupuesto y de complejos instrumentos o aparatos tecnológicos para poder llevarse a cabo. Sin olvidar otros aspectos cruciales para su desarrollo, como el papel de los medios de comunicación y de los intereses militares. Ciertamente, la prensa, la radio y la televisión fueron (y son) fundamentales para fomentar el apoyo público y político a estos proyectos. Buena muestra de ello es la práctica que parece haberse instalado a la hora de comunicar los logros y hallazgos de estos proyectos de grandes dimensiones, a través de multitudinarias ruedas de prensa, algo poco habitual en la investigación científica a otra escala. Por otro lado, la seguridad nacional ha sido parte del discurso que ha sustentado la investigación, el desarrollo y la innovación, utilizándose incluso para justificar proyectos que no tenían aplicaciones militares directas. Por todo esto, los principales rasgos de la megaciencia suelen resumirse en las denominadas «cinco emes» (por su nombre en inglés): money (dinero), manpower (mano de obra), machines (máquinas), media (medios de comunicación) y military (ejército). Unos aspectos que no tienen por qué estar presentes por igual en todos los proyectos que podemos identificar como Big Science, pero que han jugado un papel importante en multitud de ellos.

Sala de Control de Vuelo de la Agencia Espacial Federal Rusa en Korolev (Rusia). Wikimedia.

La percepción de que la actividad científica había cambiado de manera significativa con la puesta en marcha y consolidación de este tipo de proyectos, al menos en determinados campos, llevó a diferentes autores a plantear la idea de que la megaciencia habría sido la práctica experimental científica predominante del siglo XX, con una serie de características propias que la diferenciarían del modo en que se habría cultivado la ciencia con anterioridad, entre las que también se incluiría, por ejemplo, la dificultad de distinguir entre la investigación básica de la aplicada, tal y como ponen de manifiesto diversos estudios históricos sobre el desarrollo de la física tras la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, no se puede obviar algunas de las controversias que se han derivado del uso de la expresión Big Science como una categoría historiográfica. En primer lugar, el término parece definirse, por oposición, a lo que se podría denominar una ciencia menor, es decir, una ciencia de pequeño porte que, aunque aparentemente requiere de menos recursos e infraestructuras, no hay duda de que ha contribuido y contribuye de manera notable al desarrollo científico-tecnológico. Estrechamente relacionada con esta visión está la percepción de que el éxito de estos grandes proyectos facilita a los burócratas la imposición de líneas de investigación prioritarias sin necesidad de atender al intercambio de ideas de la comunidad científica.

Radiotelescopios del Mullard Radio Observatory en Haslingfield, Cambridge. Unsplash.

Por otro lado, pese a que la etiqueta Big Science suele utilizarse para hacer referencia a aquellos proyectos que conllevan una gran movilización de recursos humanos y económicos desarrollados a partir de la Segunda Guerra Mundial, lo cierto es que diversas civilizaciones acometieron con anterioridad proyectos científicos a gran escala, tal y como ponen de manifiesto el Museo de Alejandría (en el siglo III a.n.e.) o la Casa de la sabiduría de Bagdad (en el siglo IX). De entre todas las disciplinas científicas, quizá la astronomía haya sido una de las más proclives a desarrollar grandes proyectos colaborativos, financiados por los poderes políticos, tal y como ponen de manifiesto la creación en el siglo XV del Observatorio de Ulugh Beg (1394–1449) en Samarcanda y el establecimiento en el siglo XVI en la isla de Hven de Uraniborg, el lugar donde Tycho Brahe (1546–1601) desarrolló gran parte de sus investigaciones. Otras iniciativas, como la catalogación y el cartografiado que en el siglo XIX se trató de realizar de las posiciones de millones de estrellas en el Astrographic Catalogue y la Carte du Ciel, ponen también de relieve la magnitud y ambición de algunos proyectos cooperativos a gran escala en relación con esta disciplina. Todo ello sin olvidar las cuestiones y problemas éticos que se derivan de este tipo de iniciativas. Y es que, en proyectos tan amplios y con tantos participantes, ¿quién es el responsable último del éxito o fracaso de un proyecto y/o de sus consecuencias? ¿qué responsabilidad tienen los científicos e ingenieros que, simplemente, efectúan su trabajo en la cadena de producción del conocimiento científico?

Vista de Uraniborg incluida en Atlas Maior (1665). Wikimedia.

En cualquier caso, el estudio de aquello que denominamos Big Science sigue siendo relevante desde un punto de vista tanto histórico como sociológico, en tanto en cuanto permite profundizar en aspectos como el papel que desempeñan los intereses comerciales en el desarrollo de la actividad científica y tecnológica, la necesidad de una autonomía intelectual que permita a la comunidad científica escoger los diferentes ámbitos sobre los que investigar o las responsabilidades éticas y sociales de quienes se dedican a la ciencia y la tecnología.

 

 

Pedro Ruíz Castell
IILP-UV

 

Para saber más

Puedes ampliar la información con la bibliografía y recursos disponibles.

Lecturas recomendadas

Agar, Jon. Science in the Twentieth Century and Beyond. Cambridge: Polity Press; 2012.

Galison, Peter; Hevly, Bruce, eds. Big Science: The Growth of Large-Scale ResearchStanford: Stanford University Press; 1992.

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de Solla Price, Derek J. Little Science, Big Science – and Beyond. New York: Columbia University Press; 1986.

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Estudios

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Hermann, Armin; Krige, John; Mersits, Ulrike; Pestre, Dominique. History of CERN, Volume I: Launching the European Organization for Nuclear Research. Amsterdam: North Holland; 1987.

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Kevles, Daniel J. The Physicists: The History of a Scientific Community in Modern America. New York: Knopf; 1978.

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Smith, Robert W.; Tatarewicz, Joseph N. Counting on Invention: Devices and Black Boxes in Very Big Science. Osiris. 1994; 9: 101-123.

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Otras fuentes

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CMS Collaboration. Chatrchyan, S.; Khachatryan, V.; Sirunyan, A. M. et al. Observation of a new boson at a mass of 125 GeV with the CMS experiment at the LHC. Physics Letters B. 2012; 716 (1): 30-61. Disponible en aquest enllaç.

International Human Genome Sequencing Consortium. Lander, E.; Linton, L.; Birren, B. et al. Initial sequencing and analysis of the human genome. Nature. 2001; 409860–921. Disponible en aquest enllaç.