—Género, biomedicina, culturas visuales y tecnologías reproductivas .—

 

En la búsqueda de una definición de cuerpo, los estudios de género muestran su historicidad. El cambiante significado del término evoca una genealogía de culturas científicas que muestra cuerpos de mujeres y de hombres inmersos en prácticas de representación de cuidados y sociabilidades. Pelvis, gónadas, abdómenes, extremidades y cerebros, junto a todas las funciones que se han atribuido a esos órganos, han sido descritos y calificados por culturas temporales, que han situado anatomías y capacidades en medios sociales, culturales y de invención de profesiones, autoridad y conocimiento experto. Los mundos de las clasificaciones dicotómicas han situado a las mujeres y a los hombres en un orden social en el que el género fabricaba el cuerpo. Como señala el apartado dedicado al androcentrismo, a partir del siglo XVIII los valores burgueses identificaron a las mujeres con la propagación de la especie y de la nación. La ciencia los imprimía sobre la conceptualización y las representaciones del cuerpo femenino sexualizado en todos sus elementos, desde la piel hasta los huesos, con la esencia de la feminidad en su predisposición perfecta a la reproducción. En el siglo XX, el valor del embrión y del feto visualizable desplazó el cuerpo reproductor femenino a la sombra, poniendo el foco en el producto de su vientre, un producto diagnosticable y protegido por la biomedicina. Se pusieron en manos de las mujeres y de los estados tecnologías para prevenir y también terminar un embarazo no deseado con una eficacia sin precedentes y con una seguridad aceptable.

En el siglo XVIII tomó fuerza el paradigma dimórfico de la interpretación de los cuerpos humanos. Se consolidó así una manera de clasificarlos y describirlos de forma dicotómica, es decir, como masculinos o femeninos, dos categorías obligatorias y mutuamente excluyentes. Esta interpretación estaba conectada con valores sociales, también dicotómicos, que asignaban al cuerpo femenino una función, la reproducción, es decir, la propagación de la raza humana, mientras que reservaban para el cuerpo masculino la producción material, conceptual y espiritual. Los elementos y las funciones del cuerpo femenino fueron considerados y narrados como derivados y perpetuadores de la función reproductora, misión y destino de las mujeres.

Los debates científicos y sociales sobre el manejo de la reproducción y las soluciones tecnológicas para posibilitar el control de la fertilidad, que se multiplicaron en Occidente a partir del siglo XIX, agrietaron la unión entre lo femenino y lo reproductivo y, a partir de mediados del siglo XX, entre la sexualidad y la reproducción. Los procesos de vulcanización de la goma a partir del segundo tercio del siglo fueron el origen de la producción industrial del preservativo, la primera revolución tecnológica anticonceptiva y, hasta la fecha, la única cuyos destinatarios fueron hombres. Como señala Nelly Oudshoorn, la consolidación social, científica y comercial de la prevención del embarazo como asunto que concierne al universo femenino sigue saboteando la investigación y, en definitiva, la puesta en marcha de métodos anticonceptivos masculinos, más allá del preservativo.

El papel de la medicina para desarrollar y sancionar el acceso a las tecnologías anticonceptivas se consolidó con la anticoncepción hormonal, aunque se inició en algunos países europeos y en Estados Unidos décadas antes, a principios del siglo XX, cuando se fundaron los primeros consultorios de birth control. Se promovía allí la anticoncepción por medio de su medicalización y, en definitiva, su respetabilidad. En el discurso de la enfermera estadounidense Margaret Sanger, quizás la abanderada más conocida del movimiento sanitario y social del control de la natalidad, la anticoncepción era una herramienta para la liberación sexual de las mujeres y, al mismo tiempo, un medio para aliviar la carga de los embarazos y la numerosa descendencia para las mujeres pobres y para las instituciones públicas. Estos argumentos encajan en dos suposiciones ideológicas, entrelazadas en las propuestas de Sanger. Por una parte, la anticoncepción como medio para ejercer lo que desde la década de 1990 se ha consolidado como discurso de los derechos reproductivos y, por otro, la anticoncepción desde las políticas de población que, en contextos globales y locales, definen quién puede reproducirse y quién no.

La píldora anticonceptiva femenina, que la historiografía liga y desliga de la responsabilidad de establecer la separación entre sexualidad y reproducción, cumplió sesenta años en 2020. La oficina de control de medicamentos estadounidense FDA (Food and Drug Administration) autorizó en 1960 que Enovid se comercializara como anticonceptivo. Era un producto que la farmacéutica Searle llevaba ya algunos años vendiendo con una serie de indicaciones terapéuticas ligadas a la “regulación de la menstruación”. En España, en un momento en el cual la dictadura militar católica había decidido empezar a abrirse al mundo, la píldora llegó con escaso retraso, pese a que la venta y divulgación de métodos anticonceptivos eran delito en el código penal. Su adscripción a la categoría de “regulador menstrual”, que perduró oficialmente hasta la despenalización del comercio y conocimiento anticonceptivo en 1978, fue suficientemente elástica para albergar indicaciones sociales de la anticoncepción si la consulta médica así lo valoraba o si respetaba y accedía a la demanda de sus pacientes.

Envase de Enavid, anovulatorios de la farmacéutica Searle, c. 1964. El producto, que en otros países, incluidos los Estados Unidos, era conocido como Enovid, circuló en España bajo el nombre de Enavid. Museum of Contraception and Abortion.

La determinación del sexo ha sido explorada a lo largo de los siglos como parte de una cultura social que había esperado un heredero varón patrimonial y biológico. La epistemología dimórfica asignó al sexo un valor clasificador principal y estudió casos que no encajaban en ella, tales como el denominado hermafroditismo o todos los casos de gónadas ambiguas y de difícil asignación. Era una forma de disciplinar los cuerpos con el fin de ajustar a las personas, adultas y recién nacidas, en uno de los grupos. A la autoridad epistémica del laboratorio contribuyó la determinación de la cromatina sexual en la década de 1940 que se encontró en células de hembras animales y también en la especie humana, de modo que se pudo establecer que quien carecía de ella era un varón. La determinación del sexo biológico descansó en la asignación del par XX para las mujeres y el par XY para los hombres desde que un grupo de citogenetistas, entre quienes se convocó a una mujer, Patricia Jacobs, estableció el cariotipo humano estándar en 1960: 24 pares de cromosomas y un par de cromosomas sexuales. La biología co-construía el dimorfismo biológico incorporando el cromosómico al dimorfismo de los órganos sexuales y reforzándolo como base biológica del dimorfismo cultural.  

Al mismo tiempo que facilitaba el manejo de la reproducción mediante el control de la fertilidad, la biomedicina contribuyó a mantener la cohesión entre lo femenino y lo reproductivo al ocultar el cuerpo de las mujeres embarazadas y mostrar el de sus fetos, por lo que se reforzaba, de este modo, su función reproductora al darla por descontado.

La observación del embarazo mantuvo los secretos del sexo del ser por nacer hasta el parto. La década de 1960 “manufacturó” las imágenes del feto público, como lo denominó Barbara Duden, tanto en la prensa como en el laboratorio y en la clínica. En la prensa, las fotografías de Lennart Nilsson popularizaron el feto aislado del cuerpo de la mujer embarazada. Las fotos, casi todas de fetos muertos, se usaron desde entonces tanto en campañas contra el aborto como en guías de embarazo. Este doble uso hizo de la cultura visual fetal un conjunto de imágenes simbólicas de ocultamiento del cuerpo de las mujeres y de supuesta autonomía fetal. La biomedicalización del feto expulsó el cuerpo de las mujeres de la representación del embarazo y generó una epistemología visual y política que exhibe así su contingencia: las imágenes asignaban vida antes del nacimiento, mientras el cariotipo fetal autorizó el aborto si se detectaban malformaciones fetales.

En el laboratorio, la citogenética puso a punto los métodos de obtención de los cromosomas de células fetales encontradas en el líquido amniótico extraído por punción abdominal del cuerpo de las embarazadas. Mientras se estabilizaba la citogenética como tecnología biomédica de diagnóstico de anomalías, consideradas como desórdenes unas veces, singularidades sin expresión clínica otras, el número, la forma y el tamaño cromosómicos se convirtieron en articuladores de la genética médica. El conjunto de cromosomas de un ser vivo, ya conocido en algunas especies, puso a la especie humana en el foco de una tecnología que estabilizó su capacidad diagnóstica precisamente al mostrar el cariotipo fetal: la determinación cromosómica del sexo fetal se comprobaba al nacimiento.

En la clínica, la ecografía ofreció la anatomía fetal en directo. La conversión de los ultrasonidos en imágenes produjo el retrato fetal en las pantallas conectadas al dispositivo de detección de las ondas. Los problemas de fertilidad habían conducido al estudio cromosómico de parejas heterosexuales infértiles y a la identificación de cromosomas sexuales no estándares. XXY, X0 y otras combinaciones eran clasificaciones cromosómicas nuevas que se ajustaron a la clínica previa: baja estatura, dificultades de aprendizaje, rasgos de síndrome de Down y ausencia de menstruación se correlacionaron con cromosomas calificados como anómalos. Esa fue la clínica que estabilizó el sexo dicotómico pese a la resistencia de la biología, mientras las imágenes ecográficas fetales se parecían a las de Nilsson.

Los estudios sobre cuerpos, biologías reproductivas y genética médica siguen interactuando con las políticas identitarias de género y con las prácticas reproductivas de la especie humana, en las investigaciones y en las narrativas sobre el orden social y sus jerarquías. Inseparables entre sí, constituyen hoy un campo muy fructífero de análisis y debate.

 

 

Agata Ignaciuk
Universidad de Granada

María Jesús Santesmases
CCHS-CSIC

 

Para saber más

Puedes ampliar la información con la bibliografía y recursos disponibles.

Lecturas recomendadas

Duden, Barbara. Disembodying women: Perspectives on pregnancy and the unborn. Cambridge: Harvard University Press; 1993.

Hopwood, Nick; Flemming, Rebecca; Kassell, Lauren, eds.  Reproduction. Antiquity to present day. Cambridge: Cambridge University Press; 2018. 

Ignaciuk, Agata; Ortiz Gómez, Teresa. Anticoncepción, mujeres y género. La píldora en España y Polonia (1960-1980). Madrid: Los Libros de la Catarata; 2016.

Estudios

Delgado Echeverría, Isabel. El descubrimiento de los cromosomas sexuales: un hito en la historia de la biología. Madrid: CSIC, 2007.

Drucker, Donna J. Contraception: A Concise History. Cambridge, M.A.: MIT Press, 2020.

Fausto-Sterling, Anne. Cuerpos Sexuados. Trad. Ambrosio García Leal. Barcelona: Melusina, 2006.

Ignaciuk, Agata. No man’s land? Gendering contraception in family planning advice literature in state-socialist Poland (1950s-1980s). Social History of Medicine. 2020; 33 (4):1327–1349.

Jülich, Solveig. The making of a best-selling book on reproduction: Lennart Nilsson’s «A child is born». Bulletin of the History of Medicine. 2015; 89 (3): 491-525.

Olszynko-Gryn, Jesse. Technologies of contraception and abortion. In: Hopwood Nick, Flemming, Rebecca; Kassell, Lauren, eds. Reproduction. Antiquity to present day. Cambridge: Cambridge University Press; 2018. p. 535-51.

Ortiz Gómez, Teresa; Ignaciuk, Agata. The fight for family planning in Spain during late Francoism and the transition to democracy, 1965-1979.  Journal of Women’s History. 2018; 30 (2):38-62.

Oudshoorn Nelly. The male pill: a biography of a technology in the making. Durham: Duke University Press, 2003.

Pfeffer, Naomi. The reproductive body: In: Cooter, Roger; Pickstone, John V., eds. Medicine in the twentieth century. Amsterdam: Harwood Academic Publishers; 2000, p. 277-290.

Prescott, Heather M. The morning after. A history of emergency contraception in the United States. New Brunswick, N.J.: Rutgers University Press; 2011.

Santesmases, María Jesús. Circulating biomedical images: Bodies and chromosomes in the post-eugenic era. History of Science, 2017; 55 (4): 395-430.

Santesmases, María Jesús. Women in early human cytogenetics: An essay on a gendered history of chromosome imaging. Perspectives on Science. 2020; 28 (2): 170-200. 

Fuentes

Margaret Sanger papers. Disponible en este enlace.

Edith Wallace, California Institute of Technology. Disponible en este enlace.

Generation to reproduction, Universidad de Cambridge. Disponible en este enlace.

Mujeres en la historia de la biología y la biomedicina. Disponible en este enlace.

Archivo online de fuentes para la historia de la anticoncepción en España. Disponible en este enlace.

Páginas de internet y otros recursos

Making Visible Embryos. Universidad de Cambridge. Disponible en este enlace.

Fetus 18 weeks. Disponible en este enlace.

Museum of Contraception and Abortion. Disponible en este enlace.

Contraception Collection, Dittrick Medical History Center, Case Western University. Disponible en este enlace.

Reproductive Justice Is for Everybody: In Conversation With Donna J. Drucker. Disponible en este enlace.

Fotografías fetales del sueco Lennart Nillson desde 1965. Disponible en este enlace.