—Lugares donde se llevaron a cabo procesos de transformación de materias primas en un gran número de productos de consumo.—

Botica Tacuinum sanitatis. Viena, ca. 1400. Points (Alcohol & Drugs History Society).

 

Los boticarios eran un tipo de artesanos fundamentales y muy reconocidos en tiempos medievales. Durante un número variable de años se adiestraban en los rudimentos del oficio con un maestro, cobrando al final un sueldo exiguo. De hecho, esta era la forma por la que aprendían la mayor parte de los artesanos, y también aquellos que se dedicaban a la medicina, como barberos-cirujanos y la mayor parte de los médicos. Solo una mínima parte de los médicos medievales se educaron en las universidades. El aprendiz no podía abandonar el hogar de su patrón hasta que finalizara el período contractual, y se comprometía a servir a su maestro en todo lo que fuera lícito y honesto. Aquel estaba obligado a alimentarle y darle vestido. Pasado el tiempo convenido, si tenía suficiente dinero, el joven boticario podía abrir su propio obrador. Muchos, sin embargo, se convertían en asalariados u oficiales de otros boticarios más poderosos. Era muy habitual que en un mismo taller convergieran el propietario (en tanto que maestro), otros boticarios de categoría menor y un grupo variable de aprendices y de esclavos, en función de la categoría del dueño. Además, era muy común que las esposas de los boticarios trabajaran con sus maridos y que al enviudar continuaran con la gestión del taller.

Las habilidades que tenía que desarrollar un boticario para llevar a cabo su tarea eran numerosas, y existía una literatura muy importante de raíz clásica y árabe que permitía componer muchas de sus recetas. Los instrumentos que poblaban sus talleres así lo muestran: alambiques (la destilación y la sublimación fueron los procedimientos recomendados para obtener las «virtudes íntimas» de los productos animales, vegetales y minerales necesarias para obtener medicinas), balanzas, cedazos, espátulas, frascos y objetos de muy diversas formas y materiales para conservar y transportar los productos, morteros, calderas y otras herramientas; y bibliotecas cada vez más nutridas de obras médicas, recetarios y antidotarios. Una botica medieval no era demasiado diferente de las del siglo XIX. En ambas, la presencia de cerámicas (albarelos) para conservar los ingredientes y para preparar los medicamentos era muy abundante, y ofrecían una imagen singular de colores y formas diversas que hoy nos las hacen considerar auténticos objetos artísticos. Debemos también tener en cuenta que monasterios, conventos y hospitales pudieron disponer de su propia botica para el servicio del clero residente, como también de los enfermos pobres y otras personas que hubiera que atender en aquellos lugares.

Botica del monasterio de San Niccolò (Prato, s. XIV). Wikimedia.

En efecto, una de las características más comunes de los boticarios fue la enorme variedad de actividades y de productos que podían manufacturar. La fabricación de medicamentos (pociones, aceites, emplastos, zumos, jarabes, aguas, polvos, píldoras), de hecho, no era a menudo la más importante de sus tareas, y había numerosos remedios caseros y fabricados por curanderos que la gente solía adquirir. Durante los siglos medievales fue bastante habitual que el boticario fuera sinónimo de especiero, ya que junto a los medicamentos ofrecían especias para la cocina, y mucho más: productos tintóreos (para tejidos y pigmentos para los pintores), confites, mermeladas, frutos secos, papel, tinta, pólvora, perfumes y objetos de cera (para iluminación, exvotos, rituales religiosos, etc.). El principio clave que permitía toda esta producción era el método de elaboración: la formulación. Desde un punto de vista técnico, producir medicamentos no era tan diferente de producir vinos especiados, tinta o salsas. A partir de unos productos simples se obtenían otros compuestos siguiendo unos procedimientos similares: decocción, decantación, filtración, destilación, conservación en azúcar o miel, maceración, disolución, pulverización… Con el tiempo, todas estas ocupaciones formaron parte de la tarea de diferentes oficios más especializados. A la postre, se puede comprobar que el boticario fue durante mucho tiempo un técnico polifacético que tuvo solo parcialmente como ocupación la fabricación de medicamentos. Los hubo también que acabaron practicando la medicina y la cirugía gracias a sus habilidades.

Imagen de una botica donde se aprecian la variedad de productos. Fresco del castillo de Isogne (Valle de Aosta, s. XV). Focus.

Los boticarios, entre muchos otros artesanos, y también personajes con elevada formación (incluyendo al clero) se interesaron por la alquimia, una disciplina bien alejada de la imagen esotérica y desinformada que se tiene a menudo en la actualidad. El término procede del árabe al-kimiya, y a su vez del griego chymeia. Literalmente, su significado era «el arte de la fusión [de metales]», pero su interés no se confinó únicamente a la transmutación de metales, sino también a determinados aspectos de la química y la tecnología mineral, además de sus vínculos con la producción de remedios medicamentosos. Aunque el ideal era conseguir una panacea que lo curara todo, eso no dejaba de ser una quimera, pero por el camino encontraron otros procedimientos más sutiles que permitían obtener numerosos productos útiles. Cualquier códice de alquimia medieval recogía recetas para la síntesis y el refinado de productos tales como la sal de amoniaco, la sal álcali, alumbre, sal tartarí o pigmentos como el bermellón, cerusa, minio, etc. También, en ocasiones, recogían la manera de fabricar colas o esmaltes. Igualmente, explicaban procesos de purificación de metales a través de la sublimación, destilación, disolución, coagulación, precipitación o cristalización. La alquimia pretendió englobar los aspectos tecnológicos dentro de un marco teórico. Esto acarreó que fuera vista como una disciplina vinculada a la filosofía natural y no una mera arte mecánica.

Aunque la alquimia tuvo sus orígenes en el helenismo griego, en realidad apenas trascendió al mundo latino. No así el legado árabe, que sería traducido en parte e incorporado en la Europa cristiana. Entre los siglos IX y X, los árabes compusieron un elevado número de tratados originales sobre alquimia. Los trabajos de Jābir ibn Hayyān, altamente especulativos, traducidos por Gerardo de Cremona (Liber de septuaginta) son un ejemplo. Rāzī también llegó traducido, con un componente mucho más técnico y, posteriormente, el tercer autor destacado fue el médico persa Avicena. Fue ya durante el siglo XIII cuando se realizó un serio intento de asimilar la importante masa de trabajos de alquimia árabes. En este sentido, cabe destacar el gran interés prestado por clérigos como Alberto Magno (c. 1200-1280) o Roger Bacon (c. 1219-1292), que evidencian la favorable recepción de estos textos por el escolasticismo. Pero el trabajo de mayor proyección fue la Summa perfectionis de Geber. A este siguieron otros como el del franciscano occitano Joan de Ròcatalhada (Sobre la quintaesencia), escrito hacia la mitad del siglo XIV, ya en medio de una tensa polémica de carácter religioso sobre la aceptación o la condena y prohibición de las prácticas alquímicas. Sin embargo, finalmente se produjo una importante difusión entre diferentes sectores de la sociedad interesados en esta.

Un tratado alquímico del siglo XV. Aurora Consurgens, Zürich Zentralbibliothek de Zurich, Ms. Rh. 172 (Saint Gall, siglo XV). Wikipedia.

Los últimos estudios han destacado el componente experimental de muchos textos alquímicos, que no pueden entenderse sin hacer referencia a una compleja variedad de productos, operaciones e instrumentos. La alquimia tuvo una fuerte y cambiante relación con otras corrientes intelectuales y religiosas, lo que también introdujo nuevas ideas, prácticas y objetivos, desde la transformación de los metales en oro hasta la purificación espiritual, la prolongación de la vida o, en un sentido mucho más práctico y circunspecto, la obtención de materiales de interés tecnológico o productos terapéuticos mediante técnicas como la destilación o la sublimación. Como también pasó con otras corrientes intelectuales durante la baja Edad Media, una de las características del período fue una mayor interacción entre la alquimia y el debate religioso dentro de las diversas corrientes de la teología cristiana. Finalmente, se produjo una mayor conexión de la alquimia con la medicina y la farmacia, lo que favoreció tanto el uso de nuevos productos descubiertos en los laboratorios alquímicos (por ejemplo, todo el nuevo abanico de destilados con lo que ahora llamamos «alcohol»), así como nuevos usos o diferentes preparaciones con productos empleados durante siglos en la medicina (por ejemplo, compuestos de plomo, cobre, arsénico, sales, etc.).

 

 

Carmel Ferragud
IILP-UV

 

Cómo citar este artículo:
Ferragud, Carmel. El obrador del boticario y del alquimista. Sabers en acció, 2020-11-23. https://sabersenaccio.iec.cat/es/el-obrador-del-boticario-y-del-alquimista/.

 

 

Para saber más

Puedes ampliar la información con la bibliografía y recursos disponibles.

Lecturas recomendadas

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