—Los cambios de la organización sanitaria en España durante el siglo XX y las transformaciones en el ámbito internacional.—

 

Durante la primera mitad del siglo XX, la organización sanitaria en España estaba enfocada a la prevención de las enfermedades dominantes, que eran predominantemente infecciosas: tuberculosis, sífilis, paludismo, tifus, mortalidad materna e infantil, hambre y enfermedades derivadas de la pobreza y las condiciones higiénicas deficientes. Para prevenirlas, se buscaba la higiene y salubridad del medio ambiente (agua, aire, suelo) y del medio social (vivienda, escuelas, espacios públicos y privados). La medicina liberal decimonónica se ejercía inicialmente en consultorios privados, donde la figura del médico de cabecera atendía a todos los sectores de la sociedad, excepto a los excluidos, que eran atendidos en hospitales para pobres y asilos de beneficencia. A comienzos del siglo XX el escenario de la práctica médica en el ámbito público eran los dispensarios municipales y las campañas sanitarias, la educación en la higiene y las campañas preventivas y de vacunación. Era un modelo de atención social y sanitaria basado en la idea de prevención. Un modelo articulado desde una administración sanitaria municipal, con escasos recursos económicos y técnicos, coordinado desde institutos nacionales de sanidad en la administración central y otras instituciones de carácter provincial y municipal. En esa trama institucional actuaban los inspectores de sanidad como agentes de salud, como también las enfermeras y especialmente las visitadoras de salud pública. Había también otras instituciones como las gotas de leche o las escuelas e institutos de puericultura, cuyo objetivo era reducir la mortalidad infantil suministrando a las madres conocimiento y medios para la supervivencia de los bebés.

Contaminación del agua y de los alimentos. Ilustraciones publicadas en la revista FUN en agosto de 1866.

A comienzos del siglo XX la mayoría de la población española vivía en comunidades rurales, por lo que llevar el saneamiento, la higiene y la asistencia al medio rural se convirtió en uno de los objetivos políticos. Las élites dirigentes y las clases burguesas eran conscientes de que la enfermedad y la pobreza eran las causas principales del subdesarrollo, y viceversa, de manera que había que romper esa espiral que perjudicaba el desarrollo social, el avance hacia la modernidad y el bienestar de la población. Por eso en 1883 el parlamento español creó una comisión de reformas sociales y más tarde un instituto del mismo nombre, siguiendo una ideología liberal reformista. Más tarde, a comienzos de los años 1920, se creó una comisión sanitaria para erradicar el hambre y sus secuelas, el deficiente desarrollo orgánico, el cretinismo, el bocio y una serie de deficiencias psíquicas, especialmente en comarcas muy pobres como las Hurdes (Extremadura). En esas campañas de reformismo médico-social participaron médicos ilustres como Gregorio Marañón y Ángel Pulido, con el apoyo de la monarquía y de las altas esferas de la iglesia. El Rey Alfonso XIII y el arzobispo de Plasencia formaron parte del Patronato de las Hurdes, creado en 1922, para impulsar las campañas de intervención en aquella zona. Bastaba con garantizar una economía agraria de subsistencia, educar a la población en hábitos higiénicos, combatir el hambre y yodar las aguas de bebida. Las tecnologías diagnósticas y los recursos terapéuticos eran muy limitados, pero sencillas intervenciones del higienismo médico podían dar grandes resultados.

Viaje del monarca Alfonso XIII a las Hurdes (Cáceres). Campúa.

Tras las dos guerras mundiales, innovaciones técnicas, que a veces tenían un origen bélico, y los nuevos sistemas nacionales de salud pusieron a las instituciones hospitalarias en el centro del modelo asistencial. Se fundaron los nuevos sistemas nacionales de salud, como espacio de especialización profesional e innovación tecnológica. La medicina más avanzada ya no era viable como profesión liberal ejercida en el consultorio médico particular, requería especialización, infraestructuras tecnológicas y equipos médicos. Esta tendencia se fue agudizando hacia finales del siglo XX.

Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII, Madrid, años 1930, destruido durante la Guerra de España. Portal Madrid+d.

Desde mediados del siglo XIX las epidemias de cólera y fiebre amarilla provocaron el establecimiento de restricciones por parte de los estados en forma de cuarentenas. Estas medidas condicionaban la libre circulación y el tráfico de personas y mercancías. Los lazaretos en las fronteras marítimas y fluviales, como también los cordones sanitarios planteaban dificultades al libre comercio internacional. Ese fue el punto de partida de una nueva diplomacia sanitaria que se inició con las conferencias sanitarias internacionales, los congresos de higiene y demografía, las conferencias internacionales sobre tuberculosis, beneficencia, sífilis o higiene escolar. Esas reuniones impulsaron el papel de los expertos en salud pública y acentuaron la dimensión política de la salud. También se expandieron las redes de expertos y las representaciones de científicos para acordar dosis, estándares biológicos, y de productos serológicos como las vacunas. Fruto de ello fue la creación de una Oficina Internacional de Higiene Pública, en París (1907) y de un Comité de Higiene en la Sociedad de Naciones (1920) para paliar los efectos devastadores de las epidemias (gripe, tifus) y la hambruna, ocasionadas por la Gran Guerra. Cuando una inmensa pandemia de tifus asolaba los territorios fronterizos entre Polonia y Rusia en 1921, consciente de la dimensión internacional de aquella emergencia sanitaria, el Comité de Higiene de la Sociedad de Naciones impulsó un congreso y una comisión internacional de epidemias para frenar la amenaza de extensión por toda Europa. Para lograrlo había que superar tensiones diplomáticas y conflictos bélicos. Superar esas tensiones, no sin una dosis excepcional de diplomacia, pudo dar origen a un ambicioso programa de sanidad internacional financiado por una organización filantrópica, la norteamericana Fundación Rockefeller, que a través de su comité sanitario internacional financió programas para formar expertos en salud pública, impulsó la creación de un Servicio de Epidemiología Internacional con sedes en Ginebra y Singapur, y de un Centro Mundial de Documentación en Salud Pública, con sede en el Palais des Nations de Ginebra, además de programas concretos para avanzar en la estandarización de productos biológicos (vacunas, sueros, nutrientes, medicamentos), e impulsar programas de prevención del paludismo, la malnutrición, atajar el consumo de opio y la mortalidad infantil. Los expertos en salud pública internacional de la Sociedad de Naciones fueron el núcleo fundacional de la Organización Mundial de la Salud (Ginebra, 1946), como órgano consultivo internacional de las Naciones Unidas para asuntos de salud.

La conferencia sanitaria internacional promovida por la Organización Mundial de la Salud en Alma-Ata (1978), capital del Kazajistan soviético en plena guerra fría, hizo pública una declaración programática que marcaba un nuevo derrotero a la sanidad internacional y ponía el acento en la importancia de la atención primaria y la medicina comunitaria. Eso abrió las puertas a la aparición de un movimiento de cooperación sanitaria internacional con organizaciones no gubernamentales muy activas como Médicos sin Fronteras, Medicus Mundi, Save the Children y un sinfín de ONGs sanitarias de menor dimensión. Un siglo antes se había creado la Cruz Roja Internacional como organización neutral de atención a heridos y enfermos en los conflictos bélicos. También, en circunstancias excepcionales, el Socorro Rojo Internacional o las Brigadas Internacionales habían generado formas de activismo sanitario asociado a un compromiso político por los derechos humanos y la democracia.

 

 

Josep Lluís Barona Vilar
IILP-UV

 

Para sabere más

Puedes ampliar la información con la bibliografía y recursos disponibles.

Lecturas recomendadas

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Fuentes

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