—La revolución tecnológica en la medicina del siglo XX.—

 

Desde finales del siglo XIX una serie de factores impulsaron un creciente proceso de especialización dentro de las profesiones sanitarias. El tradicional médico de cabecera, capaz de resolver cualquier problema de salud que afectase a la ciudadanía -especialmente en su papel de médico de cabecera- fue siendo sustituido cada vez más por una serie amplia de especialistas. El avance imparable del especialismo médico tuvo como escenario principal el entorno urbano más que el medio rural, y fue consecuencia del auge de la investigación experimental en el diagnóstico y la terapéutica, del desarrollo tecnológico y las industrias sanitarias, y también de los cambios en las demandas sociales. Si desde la Edad Media existía de hecho un pluralismo asistencial consistente en una larga lista de sanitarios médicos, cirujanos, barberos, sacamuelas, algebristas, veterinarios, boticarios y parteras, a comienzos del siglo XX, en el seno de la medicina y en sus espacios de actuación se crearon especialidades como la cirugía, la ginecología, la pediatría, la psiquiatría, la dermatología y sifilografía, la odontología, la oftalmología, que en lo sucesivo fueron punto de partida de otras especialidades y subespecialidades acordes con nuevos saberes y tecnologías.

Cirujano barbero medieval y su instrumental. Tomás Cabacas.

Sin duda, el grave problema de las enfermedades de la infancia y la intolerable mortalidad infantil impulsaron el interés y la demanda de médicos que se ocuparon específicamente de las enfermedades de los niños. Lo mismo sucedió con la ginecología y los riesgos alrededor del embarazo y el parto, que provocaban una elevada mortalidad materna. Otro tanto ocurrió con la psiquiatría y las enfermedades mentales, las de transmisión sexual o las dentales. Las demandas sociales -especialmente de las emergentes burguesías urbanas-, impulsaron ciertas especialidades, como también nuevas tecnologías que abrían nuevas expectativas y territorios inexplorados. El descubrimiento de los anestésicos gaseosos como el éter y el cloroformo abrió las puertas a la anestesia quirúrgica y el hallazgo de los grupos sanguíneos permitió establecer compatibilidades e incompatibilidades y dio paso a las transfusiones sanguíneas y las técnicas de hemostasia. Por otra parte, la doctrina microbiana del contagio hizo ver la importancia de la asepsia y la antisepsia tanto en los espacios públicos como privados, en el agua de bebida, las escuelas, los lugares de trabajo, los dormitorios o los quirófanos. Todo ello creó un nuevo contexto para la práctica de la cirugía, una cirugía antiséptica que permitió el acceso a las cavidades internas del organismo animal y humano al superar las tres grandes barreras tradicionales al desarrollo de la cirugía: el dolor, la hemorragia y la infección. Fue el punto de partida de las especialidades quirúrgicas y las nuevas tecnologías que permitían el acceso a órganos y tejidos, la realización de trasplantes, y la incorporación de avances técnicos como el láser, el bisturí eléctrico, o la robótica.

Hospital medieval de Brujas. Sobre Bélgica.

Todo este despliegue profesional, tecnológico y conceptual tuvo como principal escenario los hospitales, espacios que a lo largo del siglo XX experimentaron una profunda transformación en su estructura, organización interna y función social. Conviene recordar que en el Antiguo Régimen los hospitales, vinculados al concepto de caridad, gestionados por ciertas órdenes religiosas y organismos municipales, eran lugares de asistencia social, destinados a pobres, marginados, huérfanos y vagabundos. Eran lugares destinados a atenuar el dramático impacto de la pobreza y la exclusión social. Ya el reformismo liberal decimonónico aplicó leyes contra la pobreza, las llamadas Poor Law o leyes de beneficencia, convirtiendo los hospitales en instituciones de beneficencia, junto a los asilos que acogían a niños abandonados o descarriados, ancianos, viudas y en general a la población excluida. En algunos casos eran lugares de aislamiento y reclusión, como los lazaretos, los asilos psiquiátricos y las maternidades. Eran instituciones que ejercían una importante labor de asistencia y control social, donde la práctica sanitaria no era lo esencial, sino algo imprescindible, pero complementario.

Hospital general de Valencia, fundado en 1512. Actual biblioteca pública de la ciudad.

Durante el siglo XIX, la medicina clínica se practicaba en consultorios privados y en hospitales generales, con instituciones complementarias como los dispensarios y acciones específicas como las campañas sanitarias para prevenir el paludismo, la tuberculosis, la sífilis, la mortalidad infantil o el tracoma. Desde finales del siglo XIX, el desarrollo de la medicina experimental basada en la serología y la bacteriología, entre otras técnicas de laboratorio, transformó el espacio asistencial. Una de las consecuencias fue la especialización profesional. Influyó la ampliación de los conocimientos, pero también las demandas sociales y económicas. El contagio y las enfermedades infecciosas y epidémicas se reinterpretaron de acuerdo con el nuevo paradigma microbiano, y la fisiología y la terapéutica adquirieron una orientación experimental que requería de nuevas instalaciones, laboratorios y métodos de análisis, diagnóstico y terapéutica. Requería acuerdos internacionales sobre dosis y estándares, y una industria floreciente para la difusión de las nuevas técnicas entre la población. Todo ello favoreció el desarrollo tecnológico y perspectivas más localistas del cuerpo humano y de las enfermedades.

Narrenturm (Torre de los locos), Viena. Diseñada por el arquitecto Canevaley. Construida en 1784 por el Emperador Joseph II, se inspira en el panóptico Jeremy Bentham. Vivir en el Mundo.

Por otra parte, la estadística demográfica y epidemiológica acotaba y servía para medir el impacto de las enfermedades en los grupos sociales. Los datos que ofrecían periódicamente los indicadores epidemiológicos se convirtieron en fundamento de las políticas médicas de intervención social. Por otra parte, el auge de las profesiones sanitarias, las nuevas especialidades y las políticas de salud consolidaron el poder médico y legitimaron el monopolio de las prácticas curativas y su control social frente al intrusismo. Debido a ello se generaron espacios de organización como los colegios profesionales (colegios de médicos, odontólogos, farmacéuticos, veterinarios, enfermeros…), asociaciones de especialistas en pediatría, ginecología, traumatología, venereología, y otras, además de una explosión de revistas y publicaciones de cada especialidad, congresos y programas de formación de especialistas, institutos de investigación y servicios y salas en los hospitales. Este proceso de expansión profesional se consolidó desde mediados del siglo XX en el marco de los sistemas nacionales de salud, donde los hospitales se convirtieron en el espacio principal para la incorporación de las tecnologías más innovadoras y el imparable proceso de reorganización asistencial y especialización médica. Nuevos ámbitos como la alergología, reumatología, oncología, hematología… son algunos ejemplos que permiten entender el proceso de sub-especialización que en los últimos años ha llevado a la aparición de especialidades como la cirugía de trasplantes, la medicina deportiva, o los cuidados paliativos.

La universalización de la asistencia en el marco de los sistemas de salud del estado de bienestar y la revolución tecnológica impulsada por las industrias de la salud han transformado la asistencia sanitaria, especialmente desde mediados del siglo XX. Primero fueron los rayos X (1896), que aportaron el logro inédito de visualizar el interior del organismo sin poner en riesgo su integridad. Después vino la electrocardiografía (1903) aplicada a la investigación sobre la fisiología cardiaca y más tarde a la clínica. Las grandes catástrofes sanitarias de principios del siglo XX y las dos guerras mundiales impulsaron la gran expansión de la industria farmacéutica (antibióticos, analgésicos, vitaminas, tranquilizantes, psicofármacos, quimioterapéuticos, sueros, vacunas, antivirales…) y finalmente la revolución en las técnicas diagnósticas derivadas de la física de partículas y la electrónica aplicadas a la medicina. Si durante los años 1950 fueron los análisis clínicos, el ecógrafo y la cirugía con láser las principales novedades técnicas, a partir de 1970 la confluencia de la informática, la microelectrónica y la física de partículas revolucionó la capacidad de visualización e intervención sobre el cuerpo humano. Fruto de ello ha sido el uso clínico del scanner, las técnicas de endoscopia, el marcapasos, la tomografía axial computarizada (TAC), la resonancia magnética o la tomografía por emisión de positrones (PET). Tecnologías al servicio del diagnóstico y la terapéutica, que han aportado a la medicina un inmenso poder sobre el cuerpo humano y la enfermedad.

 

 

Josep Lluís Barona Vilar
IILP-UV

 

Para saber más

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Lecturas recomendadas

Barona Vilar, J.L. Salud, tecnología y saber médico. Madrid: Ed. Fundación Ramón Areces; 2004.

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Estudios

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Fuentes

 Archivo Histórico del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Disponible en este enlace.

 Archivo de la Diputación Provincial de valencia (fondo Hospital). Disponible en este enlace.

 Archivos municipales, fondo «beneficencia y sanidad».