—Un viaje por los mitos asociados a la ciencia escrita en árabe durante la Edad Media de Alejandría a Bagdad a través de Siria, Persia, Bizancio y la India.—
Uno de los tópicos más conocidos de la historia de la ciencia es considerar que los “árabes” o los “musulmanes” fueron unos meros intermediarios entre la cultura grecorromana y el Renacimiento. La ciencia desarrollada en las sociedades islámicas, expresada generalmente en árabe como lengua de koiné, constituye en sí mismo un capítulo sustantivo en la historia de las ciencias, tan rico y diverso como lo es el islam. El relato de la historia está tejido por mil historias sesgadas según intereses concretos que conviene revisar.
El mito más polémico sobre la relación entre ciencia clásica e islam es el de la destrucción de la biblioteca de Alejandría. El primer autor árabe que lo menciona es ʿAbd al-Laṭīf al-Bagdādī, un destacado médico y filósofo que, explicando su viaje por Egipto en 1203, se refiere simplemente a la “biblioteca que ʿAmr quemó con el permiso de ʿUmar”. Un relato un poco más largo aparece en una obra sobre biografías de científicos, Historia de los sabios, escrita por el egipcio Ibn al-Qiftī (m. 1248). El general ʿAmr ibn al-ʿĀṣ conquistó Alejandría entre los años 641 y 642 en nombre del califa ʿUmar (m. 644). Según Ibn al-Qifṭī, al encontrarse con los libros de la mítica biblioteca, el general habría pedido instrucciones al califa, que le habría respondido: “Si lo que dicen los libros está de acuerdo con el Libro de Dios, no son necesarios; si lo contradicen, no son deseables. Por lo tanto, destrúyelos”. El fuego de los libros calentó los baños alejandrinos durante seis meses.

Gravado de Hermann Göll, 1876, que representa uno de los incendios que destruyó la biblioteca de Alexandría en época romana. Wikimedia.
Esta historia, que aún hoy en día alimenta la islamofobia, es mentira, a pesar de que la refieran dos musulmanes que apreciaban las ciencias. ¿Por qué nació? Según una juiciosa interpretación del historiador británico Bernard Lewis, su origen se encuentra en la figura de Ṣalāḥ al-Dīn al-Ayyūbī (m. 1193), el célebre Saladino, conocido incluso en la cultura popular occidental por haber sido el rival de los reyes cristianos Ricardo Corazón de León, Felipe II y Federico I Barbarroja en la tercera cruzada. Saladino era un mercenario curdo realmente culto de quien se reputa un buen conocimiento de las ciencias. Protegió al famoso médico y filósofo judío de al-Andalus-Sefarad, Maimónides, quien lo asistió hasta su lecho de muerte. Ahora bien, uno de los principales hitos de la biografía novelesca de Saladino es el derrocamiento en 1171 de la dinastía fatimí que gobernaba Egipto. Los fatimíes eran chiitas y Saladino sunita y, por lo tanto, la nueva dinastía que Saladino creó para gobernar Egipto y Siria devolvió el reino a la hegemonía del sunismo. En el proceso, Saladino destruyó las bibliotecas fatimíes, pero no porque guardaran libros de ciencia y filosofía sino por su contenido de textos religiosos chiitas. La destrucción de libros debió de causar un cierto escándalo en la época y, para justificar la conducta de Saladino, sus partidarios habrían inventado una historia en la que uno de los máximos referentes históricos y religiosos del islam, el califa ʿUmar, avalaba la destrucción de libros. La interpretación de Lewis tiene mucho sentido si tenemos en cuenta que Ibn al-Qifṭī la debió de difundir porque pertenecía a una familia partidaria de Saladino. La moral de la historia, aunque parezca una paradoja, es que el mito de Alejandría atrajo con fuerza y durante siglos a los musulmanes, que intentaron fundar nuevas Alejandrías en diversas épocas y lugares.
Este relato transmite también el marco histórico general de los inicios del islam, una comunidad al mismo tiempo política y religiosa creada por árabes sin cultura escrita pero con un Libro, que irrumpe en la historia entre dos grandes potencias, los imperios bizantinos y sasánida. Cuando se impone militarmente a las dos, se asienta como superestructura de poder sobre diversas sociedades que tienen una tradición y unas instituciones científicas propias. En el mundo bizantino del siglo VII estas instituciones no eran lo que habían sido y la biblioteca mítica hacía tiempo que había desaparecido. El último director de la escuela filosófica neoplatónica de Alejandría, Esteban de Alejandría (ca. 580-ca. 640), había emigrado a Constantinopla hacia el 610, unos treinta años antes de que los árabes conquistaran la ciudad. El mito de Esteban dice que el emperador Heraclio lo habría llamado a su lado no solo por su condición de filósofo sino por sus destrezas de astrólogo y alquimista. Se le atribuyen un horóscopo advirtiendo de la llegada del islam que algunos analistas, a partir de la configuración de los astros, datan en el 621, un año antes del evento que marca el inicio de la cronología del islam, la Hégira.

Imagen de una página tratada del palimpsesto de la traducción que Sergio de Reshaʿaina hizo del De Simplicium medicamentorum de Galeno. Rochester Institute of Technology, Equipoise Imaging, Keith Knox, and Megavision, Inc.
Más creíbles, relativamente, son las fuentes árabes que dicen que uno de los últimos grandes médicos griegos, Pablo de Egina (ca. 625-ca. 690), vivía en Alejandría en el inicio del islam. Lo que no había era una única escuela médica organizada sino diversos maestros que enseñaban a los alumnos que les quisieran pagar. En estos maestros tardanos alejandrinos se observa una marcada interrelación entre medicina y filosofía. Galeno había marcado el camino a los médicos, no solo construyendo una obra filosófica a parte de la médica sino proclamando en un conocido opúsculo que el mejor médico era también un filósofo. Para Galeno, lo que diferenciaba a un auténtico médico del charlatán o del curandero era la profundidad de su formación en las diversas disciplinas científico-filosóficas (matemática, astronomía, astrología, lógica, filosofía natural, ética…). Sabemos poco sobre la enseñanza de la medicina en la época. Algunas de las fuentes más explícitas sobre el tema provienen de autores árabes que idealizaron el pasado. Parece ser que se había homogeneizado la enseñanza en cierto modo. Se había establecido un corpus de dieciséis obras galénicas o pseudogalénicas básicas y muchas de ellas se habían resumido en textos más simples, llamados Summaria Alexandrinorum, que después fueron traducidos al siríacos, árabe y hebreo.
El cristianismo se consolidó en Roma bajo Teodosio (r. 379-395), el último emperador del imperio unificado. Teodosio dividió políticamente Roma, pero intentó recoserla religiosamente proclamando el cristianismo como religión de estado. Creyente militante, trabajó activamente para imponer la ortodoxia en el cristianismo según las directrices de los concilios de Nicea de 325 i de Constantinopla de 381, este último promovido por él mismo. Teodosio se dedicó a perseguir, con el mismo fervor con que rogaba a Cristo tanto a los paganos como a los cristianos heterodoxos. Promulgó edictos contra la astrología (para muchos, una ciencia) por su carácter adivinatorio que la vinculaba con las prácticas religiosas paganas. De rebote, el cultivo de la astronomía matemática también comenzó a resentirse porque su primera finalidad era proporcionar buenos datos a la astrología.

Moneda con la efigie de Teodosio I. Wikimedia.
El nuevo espíritu de los tiempos comportó una progresiva marginalización de la filosofía, identificada con el paganismo y la herejía porque sus enseñanzas contradecían algunos de los dogmas fundamentales de la fe: es difícil conciliar la narración de la creación según el Génesis con la doctrina aristotélica de la eternidad del mundo. La célebre Hipatia murió en Alejandría como mártir de la filosofía y la ciencia bajo el imperio de Teodosio II, el nieto de Teodosio I. La muerte de Hipatia nos recuerda, además, que la nueva ideología religiosa también perjudicó las ciencias que podríamos considerar neutras desde un punto de vista ideológico, como la matemática, la óptica o la cosmología, dado que eran un conocimiento teórico que se estudiaba junto con la filosofía. El año 529, el emperador bizantino Justiniano clausuró la escuela neoplatónica de Atenas y en 531 promulgó tres edictos que dificultaban la vida de los paganos y les prohibían la enseñanza. Damascio, el director de la escuela de Alejandría, junto con otros filósofos, emigró a Persia, donde Cosroes los había invitado. La tercera anécdota refleja, a su manera, esta supuesta invitación. Damascio y los suyos retornaron porque, de hecho, las prohibiciones justinianas no fueron en la práctica tan radicales, y la filosofía y los filósofos paganos aún convivieron durante un siglo con la nueva situación. El cristianismo aceptó algunos aspectos de la filosofía porque la necesitaba para fundamentar su teología y, sobre todo, aceptó la medicina griega sin hacer aspavientos. De esta manera, la situación no fue tan traumática durante los siglos VI y VII, pero la decadencia no se detuvo.
La actitud del imperio sasánida hacia las ciencias y la filosofía fue muy diferente, también, y paradójicamente, por motivos religiosos, que se expresan en el mito de la “reconstrucción del Avesta”. Zoroastro habría recibido este libro sagrado de Ahura Mazda, que contenía toda la ciencia y el saber de los persas. El profeta entregó dos copias del libro al mítico rey Vixtāspa. Cuando Alejandro Magno conquistó Persia, destruyó una de las copias y la segunda se la llevó a Grecia. Por eso los griegos eran tan buenos en filosofía y ciencia. En lo sucesivo, los zoroástricos tuvieron como misión divina y humana la reconstrucción del Avesta, traduciendo el conocimiento científico y filosófico hurtado por Alejandro en todas las lenguas en las que se encontrara, esencialmente en griego y en el sánscrito de sus vecinos de la India. Aunque exagerando un poco las cosas, podemos decir que las dinastías arsácida y, especialmente, la sasánida, promovieron esta tarea con el mismo fervor con que los emperadores bizantinos se entregaban a la contraria. Además, en las creencias de los persas había enraizado profundamente la astrología, en parte debido a los cultos astrolátricos mesopotámicos que los persas habían asimilado a lo largo de la historia. Los persas creían que el rey, si bien no divino, representaba a la divinidad y había estado nombrado por ella y que los astros explicaban este designio. Los persas habían desarrollado la astrología histórica, según la cual los grandes ciclos históricos estaban determinados por las conjunciones de Júpiter y Saturno. La confirmación por parte de las estrellas del advenimiento de un rey o de una dinastía los legitimaba a ojos del pueblo creyente (por lo menos, en la astrología). Ardaixīr I (r. 224-242), el fundador de la dinastía sasánida, fue el principal promotor de la reconstrucción del Avesta. Dejó un testamento que se convirtió en un manual de gobernanza no solo para los reyes sasánidas sino para los califas abasidas, en especial al-Maʾmūn.

Relieve de la época sasánida que representa Ahura Mazda entregando la diadema de la soberanía a Ardaixīr I (r. 224-242), el fundador de la dinastía sasánida y principal promotor de la reconstrucción del Avesta. Wikimedia.
En esa época, además, el saber griego se diseminó por una Siria que era mayoritariamente bizantina pero disputada por los persas. Los sirios hablaban un dialecto del arameo, el siríaco, que se parecía al árabe. Al siríaco se tradujeron y adaptaron obras de casi todas las disciplinas posibles: medicina, filosofía, astronomía, astrología, alquimia. Los autores, además, hicieron sus propias contribuciones. Los traductores eran mayoritariamente clérigos, y algunos de ellos se habían formado en las escuelas griegas. Uno de los alumnos distinguidos de Alejandría fue Sergio de Reshʿaina (m. 536), un clérigo monofisita que tradujo a Galeno y Aristóteles. El número de autores es importante: Job de Edesa, Pablo el Persa o Severo Sebokht. Este último estaba interesado por muchas ciencias y especialmente por la astronomía y las matemáticas: escribió un tratado sobre el astrolabio y fue el primero que advirtió la utilidad del sistema de numeración de los hindúes, porque los contactos de los siríacos llegaban muy lejos. Se educan entre Alejandría y las escuelas teológicas cristianas de Nísibe, Edesa, Antioquía o el monasterio de Qennexre, donde Severo Sebokth impartía docencia en diversas disciplinas. Muchos pertenecen al mosaico de iglesias disidentes del catolicismo niceno que promueve el imperio. Entre ellas destacan los nestorianos, que enseñan en centros como Nísibe, en el que una parte es escuela de teología (para curar el alma) y otra de medicina (para curar el cuerpo), aunque los estudiantes no podían seguir las dos enseñanzas. Estos centros también impartían otras disciplinas científicas y filosóficas que servían para formar teólogos y médicos. En ese contexto, sabios siríacos asumieron con naturalidad el rol de médicos-filósofos que se habían encontrado en Alejandría y lo transmitieron a los musulmanes.

Ruinas del antiguo centro de medicina de Jundishapur (32°17′N 48°31′E), cerca del actual Dezful, en la provincia del Khuzistan, al suroeste de Irán. Wikimedia.
Los nestorianos concertaron un pacto de protección con el imperio sasánida y pudieron vivir y enseñar bajo sus dominios porque los persas querían reconstruir el Avesta y para ello abrieron sus puertas a griegos paganos y cristianos disidentes. La escuela y hospital de Jundishapur, en el actual Irán, es una de esas instituciones nestorianas mitificadas (quizá solo era una especie de seminario con una enfermería, una Nísibe a escala reducida), de la que partieron una buena parte de los textos y de los sabios que pusieron en marcha la cultura científica y filosófica del islam. El médico del profeta Muhammad, el árabe al-Ḥārith ibn Kalāda (m. 634/5) se habría formado en Jundishapur. Al-Ḥārith ibn Kalāda habría residido, además, en Persia, donde habría conversado sobre medicina con el emperador Cosroes I (r. 531-579). La historicidad de al-Ḥārith ibn Kalāda no es segura porque la fuente más antigua que habla de él data de principios del siglo IX, pero tampoco debe ser rechazada radicalmente. Evidentemente, su figura está envuelta por el mito, pero un mito basado, aunque sea débilmente, en la realidad de la historia. Otra de estas narraciones idealizadas se pone en boca de uno de los mayores filósofos musulmanes, al-Fārābī (m. 950). Según él, después de la muerte de Cleopatra, Augusto se habría llevado una parte de los libros de Aristóteles que había en Alejandría y estos habrían sido enseñados tanto en Roma como en Alejandría. En Roma hasta la llegada del cristianismo; en Alejandría, hasta que un emperador y unos obispos sin nombre se lo repensaron. Entonces decidieron que, de Aristóteles, solo se podía enseñar los tratados lógicos hasta un cierto punto de los Analíticos Primeros, pero ya no más, porque era peligroso. Al-Fārābī continúa diciendo que la docencia continuó clandestinamente en Alejandría, hasta que el último maestro de esta escuela confió su saber a dos discípulos, uno de ellos persa, que lo transmitieron a otros, los cuales lo llevaron a Bagdad, donde aprendió filosofía el propio al-Fārābī. La historia la habría inventado este último o algún miembro de sus círculos para prestigiar la escuela aristotélica de Bagdad, formada esencialmente por cristianos, donde al-Fārābī se formó. Todo el mundo quería, poco o mucho, ser alejandrino.
Miquel Forcada
Universitat de Barcelona
*Traducción: Judit Gil-Farrero
Cómo citar este artículo:
Forcada, Miquel. Mitos. Sabers en acció, 2025-10-08. https://sabersenaccio.iec.cat/es/mitos/.
Para saber más
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Lecturas recomendadas
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Sergi de Reshaʿaina – Traducció del De Simplicium medicamentorum de Galè. La traducció de Sergi es conserva en un palimpsest que, des de fa uns anys, és objecte de desxiframent i edició per part d’equips interdisciplinaris. Un estat de la qüestió es pot trobar a la secció monogràfica de Manuscript Studies: A Journal of the Schoenberg Institute for Manuscript Studies, 3, no.1 (2018). Recentment (mars, 2025), ha aparegut un avançament de la futura edició degut a P. Pormann, W. Sellers, S. Bhayro, N.Afif i N. Smelova (https://figshare.manchester.ac.uk/articles/dataset/Galen_Simple_Drugs_in_Syriac_Book_8_pdf_/28270226?file=51897764). Val la pensa esmentar aquest projecte perquè conservem pocs textos originals sobre ciència dels autors siríacs abans de l’Islam.
Sever Sebokht – Astrolabi i cosmografia.
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Páginas de internet y otros recursos
Encyclopaedia Iranica, https://www.iranicaonline.org/
Rational Sciences in Islam: An Initiative for the Study of Philosophy and the Mathematical Sciences in Islam, https://islamsci.mcgill.ca/RASI/ (ver especialmente https://islamsci.mcgill.ca/RASI/BEA, también en https://ismi.mpiwg-berlin.mpg.de/biographies-list. Hay biografías de astrónomos y matemáticos provenientes de Thomas Hockey et al. (eds.). The Biographical Encyclopedia of Astronomers, Springer Reference. New York: Springer, 2007).
Syriaca.org: The Syriac Reference Portal, https://syriaca.org/

