—Cómo la Edad Media recogió el legado clásico y sentó las bases de la Revolución científica.—

 

A menudo escuchamos adjetivos peyorativos inspirados en la Edad Media: tal es el caso de «feudal» o «medieval». Una imagen de oscurantismo tiñe todavía una época que duró diez siglos, en la que el sufrimiento, el dolor y la muerte provocados por guerras, hambrunas y epidemias lo presidió todo. Además, se concibe esta imagen como si nada hubiera cambiado entre el siglo V, con la caída del Imperio romano, el siglo XI, el del advenimiento del feudalismo y el encuentro con el Islam a través de las cruzadas, o el siglo XV, momento de la ampliación del mundo conocido con el continente americano y las convulsiones provocadas por la amenaza de los turcos. Las aportaciones de la ciencia de aquella época son para el gran público, y a menudo también para académicos no especialistas en la materia, poco remarcables, cuando no inexistentes. Y, en buena medida, la religión es considerada, erróneamente, la causante de este «atraso» con respecto a la Antigüedad clásica. Desde el Renacimiento se ha impuesto este velo, pero cuando se pretendió superar en las primeras décadas del siglo XX fue para dar un giro y pasar a considerar la Edad Media como una época clave, deslumbrante, origen y germen de todo lo logrado con posterioridad. Debemos buscar el equilibrio entre estas visiones sesgadas.

Durante el proceso de desestructuración del Imperio Romano, el Occidente europeo fue perdiendo contacto con Oriente y la lengua griega acabó por ser olvidada. La Europa Occidental perdió así el acceso a los tratados originales de los filósofos clásicos, y se quedó solo con algunas versiones de estos conocimientos, traducidas anteriormente. El Imperio Romano de Occidente, si bien estaba unido por el latín, aún englobaba un gran número de culturas diferentes que habían sido asimiladas de una manera incompleta por la romana. Debilitado por las migraciones e invasiones bárbaras y por la desintegración política de Roma en el siglo V, el continente europeo era en un espacio atomizado después del nacimiento de estados diversos en su seno, en fuerza y tamaño muy diferentes, y presionado por la expansión del Islam a partir del siglo VII. Occidente se convirtió en un mundo ruralizado, donde la inestabilidad política, la debilidad del Estado y el declive de la vida urbana afectaron profundamente a la vida cultural. La Iglesia fue la única institución que no se desintegró en ese proceso y pudo mantener el saber antiguo, especialmente a través de los monasterios. En efecto, fueron los clérigos regulares (monjes), y los mejor formados entre los seculares (sacerdotes), los que se dedicaron a la erudición y a mantener los conocimientos sobre la naturaleza, gracias a copias, comentarios, citas y recopilaciones. Así pues, en estos primeros tiempos de la alta Edad Media no hubo apenas producción intelectual.

Alcuino de York y Rábano Mauro. Manuscrito Fuldense, Ósterreichische Nationalbibliothek, Viena, ca. 836. Wikipedia.

A finales del siglo VIII, hubo una primera tentativa de resurgimiento cultural. Carlomagno había conseguido reunir gran parte de Europa bajo su dominio. Para unificar y fortalecer su imperio, decidió ejecutar una reforma educativa. El monje Alcuino de York elaboró un proyecto de desarrollo escolar que buscaba reactivar el saber clásico estableciendo programas de estudio a partir de las siete artes liberales, el trivium (gramática, retórica y lógica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). A partir del año 787, se promulgaron algunos decretos que recomendaban la restauración de las antiguas escuelas y la fundación de otras nuevas. Institucionalmente, esas nuevas escuelas podían ser monacales, catedralicias y palatinas. Solo algunos siglos después, estas medidas tendrían sus efectos más significativos.

Acercándonos al final del primer milenio, la sociedad medieval empezó a experimentar profundas transformaciones, que coincidieron con el fin de las invasiones. Una época de relativa tranquilidad vivió un periodo de condiciones climáticas más benignas. Así, en torno al año 1000 se desarrolló una revolución que cambió la sociedad en todas sus manifestaciones: el feudalismo. Una nueva forma de organizarse política, económica y socialmente se introducía en Europa y perduraría hasta el final de la Edad Media, y aun con fuertes influencias hasta el fin del Antiguo Régimen. Los avances tecnológicos posibilitaron el cultivo de nuevas tierras y el aumento de la diversidad de los productos agrícolas, que sostenían una población que crecía rápidamente. El comercio se recuperó de forma notable, con el desarrollo de rutas terrestres y marítimas, que facilitaban no solo el intercambio de bienes físicos, sino también el de ideas. Las ciudades se recuperaron y crecieron en torno a los castillos y monasterios. En este ámbito urbano renacido, donde los mercaderes y artesanos adquieren gran protagonismo, se desarrollarán las escuelas catedralicias y municipales.

Los filósofos naturales de la baja Edad Media, aquellos que hoy llamaríamos científicos, crearon entre los siglos XIII y XV una tradición intelectual sin la cual hubiera sido imposible el camino seguido durante la Revolución científica. Partiendo de una limitada vida intelectual en los primeros siglos medievales, que bebía en una escuálida versión del conocimiento griego, se consiguió crear una cultura sólida. Para ello fue necesario un esfuerzo de traducción masiva, gracias al cual se accedió al caudal de filosofía y ciencia griega e islámica; se pudo leer y estudiar a Aristóteles y sus comentaristas islámicos, la medicina de Hipócrates y Galeno y las obras de multitud de autores sobre matemáticas, astronomía-astrología, alquimia, agronomía, etc.

Colección de Tratados de Medicina del médico persa Abu-Bakr Muhàmmad ibn Zakariyyà ar-Razí (865-925), traducidos por Gerardo de Cremona (1114-1187), Musee de Cluny, s. XIII. Wikipedia.

Este corpus de conocimiento se obtuvo cuando Occidente y Oriente entraron en contacto a través de las cruzadas, y particularmente con la conquista de la Península Ibérica, entre los siglos XI y XIII. De hecho, el mundo islámico se encontraba bastante más avanzado en términos intelectuales y científicos. Los autores árabes habían mantenido durante mucho tiempo un contacto regular con las obras clásicas griegas y habían desarrollado un trabajo de traducción en centros como Bagdad a través de un programa de traducciones desde el griego y el siriaco al árabe. Este legado sería fundamental para que los pueblos occidentales volvieran a entrar en contacto con sus raíces clásicas. Importantes centros de traducción como Toledo, Ripoll o el sur de Italia (Salerno) fueron fundamentales para esta empresa de traducciones desde el árabe al latín.

Nicolás de Oresme, Tratado sobre la esfera, Bibliothèque Nationale de France, Français 565, fol. 1r, París. Wikipedia.

Pero el contacto con estos contenidos filosóficos no se limitó a su estudio. Los autores que se enfrentaron al heterogéneo corpus de textos se vieron conmocionados por las perspectivas que estos ofrecían. Se esforzaron no solo por comprender sus implicaciones, sino también por corregir sus errores, resolver sus inconsistencias y aplicarlos a nuevos problemas. Además, fue necesario armonizar una filosofía pagana o infiel con la doctrina cristiana. El gran logro medieval fue esta síntesis de pensamiento que condujo a una reflexión creativa sobre la naturaleza, que duró siglos. Los filósofos naturales medievales sometieron la filosofía aristotélica, que habían absorbido mezclada con otras tradiciones intelectuales, a un minucioso escrutinio y una minuciosa evaluación. Este proceso surgió de problemas teológicos, pero también de las tensiones internas de la filosofía aristotélica, por sus imprecisiones e inconsistencias, de tal manera que, en los últimos tiempos de la Edad Media, se procuró una revisión total de teorías aristotélicas, como su descripción del movimiento, a través de la obra de autores como los clérigos franceses Jean Buridan (1300-1358) o Nicolás Oresme (c. 1323-1382). Este clima crítico contra la autoridad indiscutible de Aristóteles preparó los ataques profundos que vendrían más tarde con la Revolución científica.

Esta síntesis de pensamiento a la que aludimos tuvo su espacio natural en las escuelas y universidades fundadas en aquel tiempo. A mitad del siglo XII se formaron las primeras en Bolonia, París y Oxford, pero a finales de la Edad Media ya eran más de setenta los centros creados por todo el Occidente latino. Este fue, efectivamente, el punto de partida para el modelo actual de universidad. Algunas de estas instituciones recibían de la Iglesia o de monarcas el título de Studium Generale. Eran considerados los lugares de enseñanza más prestigiosos de Europa y sus académicos eran animados a compartir conocimientos y a dar cursos en otros de estos centros dispersos en el continente. Las universidades medievales no eran únicamente instituciones de enseñanza, eran también lugares de investigación y producción del saber, focos de vigorosos debates y encendidas polémicas.

La filosofía natural estudiada en las facultades de artes trataba sobre la reflexión objetiva acerca de la naturaleza y del universo. Fue entendida como un área de estudio esencial en sí misma, así como un fundamento para la obtención de otros saberes. Fue también un campo independiente y separado de la teología. La tradición clásica de la filosofía natural se convirtió en uno de los elementos centrales del currículum, que era dominado por todo aquel que deseaba enfrentarse a los estudios superiores. Ser culto significaba estar educado en la tradición filosófica clásica, incluyendo la filosofía natural. Otro factor importante que influyó en el florecimiento intelectual del periodo fue la actividad cultural de las órdenes mendicantes, especialmente de los franciscanos y dominicos. Al contrario de las órdenes monásticas, volcadas hacia la vida contemplativa en los monasterios, estas nuevas órdenes estaban dedicadas a la convivencia con el mundo laico, y buscaban defender la fe a través de la predicación y el uso de la razón. La integración de esas órdenes en las universidades medievales proporcionaba la infraestructura necesaria para la existencia de comunidades científicas y generaría muchos frutos para el estudio de la naturaleza.

Comentario de Tomás de Aquino a la Física de Aristóteles, impreso durante el Renacimiento, Venecia, 1595. Wikipedia.

Dominicos como Alberto Magno (1193-1280) o Tomás de Aquino (1227-1274) ejercieron una influencia en sus estudios sobre la naturaleza que se extendió entre los miembros de su orden, y tuvo gran impacto en la sociedad medieval. El franciscano Robert Grosseteste (1168-1253), fundador de la escuela de esta orden en Oxford, fue el primer escolástico en entender plenamente la visión aristotélica del doble camino para el pensamiento científico: generalizar desde observaciones particulares a una ley universal, y después hacer el camino inverso, es decir, deducir de leyes universales la previsión de situaciones particulares. Además de eso, afirmó que estos dos caminos deberían ser verificados —o invalidados— a través de experimentos que probaran sus principios. Grosseteste dio gran importancia al estudio de las matemáticas como medio para entender la naturaleza. Su método de investigación contenía la base esencial de la ciencia experimental.

Roger Bacon (1214-1294), alumno de Grosseteste, prestó una especial atención a la importancia de la experimentación para aumentar el número de hechos conocidos acerca del mundo. Describió un método científico como un ciclo repetido de observación, hipótesis, experimentación y necesidad de verificación. Bacon registraba la forma en que llevaba a cabo sus experimentos dando detalles precisos, a fin de que otros pudieran reproducir sus experimentos y probar los resultados. Además, la primera mitad del siglo XIV vio el trabajo científico de grandes pensadores. Inspirado en Duns Scoto, Guillermo de Ockham (1285-1350) entendía que la filosofía solo debía versar sobre temas sobre los cuales se pudiera obtener un conocimiento real.

Que la Edad Media ejerció una influencia notable sobre el devenir de la ciencia es innegable; numerosos elementos como el análisis de los fenómenos físicos (la cinemática, por ejemplo, la óptica o la astronomía) de la Revolución científica no fueron sino una continuidad del legado medieval, en términos lingüísticos, conceptuales y teóricos. Pero además, la ciencia y sus conocimientos teóricos fueron empleados para mejorar muchos aspectos de la sociedad. Las teorías médicas en torno al desarrollo de las enfermedades llevaron a tomar medidas de higiene y salud pública tanto en las ciudades como en el mundo rural. Con el arsenal de conocimientos proporcionado por el galenismo médico y la emergencia de un practicante de la medicina formado en este paradigma, fundamentado en la filosofía natural, se podía entender el funcionamiento del cuerpo y se podía diagnosticar con sus conocimientos la enfermedad, hacer pronósticos y, según los casos, curarla. Aún más, el médico o cirujano podían ser la voz experta que asesoraba a un juez ante un crimen o a las autoridades en tiempos de epidemias. Muchos municipios contrataron personal médico para garantizar la asistencia médica de sus vecinos, convencidos de que esta era la mejor opción posible.

 

 

Carmel Ferragud
IILP-UV

 

Para saber más

Puedes ampliar la información con la bibliografía y recursos disponibles.

Lecturas recomendadas

Lindberg, David C. Los inicios de la ciencia Occidental. La tradición científica europea en el contexto filosófico, religioso e institucional (desde el 600 a.C. hasta 1450). Barcelona-Buenos Aires-México: Paidós; 2002.

Estudios

Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla, coordinado por Luis García Ballester,  José Mª López Piñero and José Luis Peset. Vols. 1-2, Edad Media. Valladolid: Junta de Castilla y León; 2002.

Medieval Science, Technology and Medicine. An Encyclopedia, editado por Thomas F. Glick, Steven J. Livesey y Faith Wallis. New York-Oxon: Routledge; 2005.

Cipola, Carlo M. Tècnica, società e cultura: alle origini della supremazia tecnològica dell’Europa (XIV-XVII sècolo). Bolonia: Il Mulino; 1989.

Crombie, Alister C. Robert Grosseteste and the Origins of Experimental Science, 1100-1700. Oxford: Clarendon Press; 1971.

Grant, Edward. The Foundations of Modern Science in the Middle Ages: Their Religious, Institutional and Intellectual Contexts. Cambridge: Cambridge University Press; 1996. 

Siraisi, Nancy. Medieval and Early Renaissance medicine: an introduction to knowledge and practice. Chicago: The University of Chicago Press; 1990.

Shank, Michael H., ed. 2000. The Scientific Enterprise in Antiquity and the Middle Ages. Chicago: The University of Chicago Press; 2000.

La ciència en la història dels Països Catalans. Vol. 1, Dels àrabs al Renaixement, dirigida por  Joan Vernet and Ramon Parés. Valencia: Universitat de València-Institut d’Estudis Catalans; 2004. 

Fuentes

Jonannes Aegidius Zamorensis. Historia naturalis, introducción, edición crítica, trad. esp. e índices Antonio Domínguez García and Luis García Ballester. Valladolid, Junta de Castilla y León: Consejería de Cultura y Turismo; 1994, 3 vols.

García Ballester, Luis, dir. Codex Granatensis: De natura rerum (lib. IV-XII), por Tomás de Cantimpré; Tacuinum sanitatis. Códice C-67 de la Biblioteca Universitaria de Granada. Granada: Universidad de Granada; 1974, 2 vols.

Agramont, Jacme d’. Regiment de preservació de pestilència (Lleida, 1348), estudios introductorios y glosario de Jon Arrizabalaga, Luis García Ballester and Joan Veny; edición de Joan Veny. Barcelona: Enciclopèdia Catalana, 1998.

Páginas de internet y otros recursos

Medieval Science Page [actualizada 21 de febrero 2020; consulta 17 de junio de 2020]. Disponible en este enlace.

Regesta Imperii. Akademie der Wisshenschaften und der Literatur Mainz [actualizada 2020; consulta 17 de junio de 2020]. Disponible en este enlace.

Sciència.cat DB Base de datos de la ciencia y la técnica en catalán en la Edad Media y el Renacimiento [actualizada en 2020; citada 17 de junio de 2020]. Disponible en este enlace.